La inmersión (II): Adentro

por Administrador

Artículo de Jordi Graupera publicado en La Vanguardia (17/3/2012)


Al final del libro séptimo de La República, Sócrates afirma que la manera más eficaz de llevar a cabo su ciudad ideal consiste en expulsar a todos los mayores de diez años. Así el programa educativo que está en la base del régimen perfectamente justo se podría completar sin la incómoda interferencia de los padres y las costumbres decadentes de la sociedad. Muchos lectores interpretan este pasaje como una señal de que Platón, en realidad, cree que la ciudad perfectamente racional,-sin amor, sin pasiones, sin ataduras irracionales-, es imposible más allá del ejercicio teórico. Toda La República sería, en el extremo, una ironía.

En Cataluña no hemos acabado de entender este giro irónico. O quizás es que nos gusta más teorizar sobre la perfección que ensuciarnos las manos con las imperfecciones. El ‘federalismo asimétrico‘, el ‘gradualismo leal‘ o el ‘consenso ultramayoritario‘ son creaciones teóricas magníficas que pretenden solucionar el problema del amor, las pasiones y las lealtades irracionales de España con equilibrios racionales imposibles. El poder siempre se ha repartido en base al miedo ya la relación de fuerzas. Sólo hay que ver las balanzas fiscales. La democracia es una forma imperfecta de contar las fuerzas de cada uno sin tener que pasar primero por la espada. Por eso Sáenz de Santamaría avisó ayer de que el referéndum sobre el pacto fiscal no es competencia de la Generalidat: el poder de contar adhesiones es el poder mismo. No hay atajos teóricos perfectamente racionales, por mucho que nos empeñemos.

La inmersión lingüística es la clave de bóveda de la ciudad ideal catalana. El vertedero de todas nuestras frustraciones. Es un intento de forzar desde la escuela la diversidad y la normalidad que no se consiguen en las instituciones. Es un intento de compensar la incapacidad individual de vivir con dignidad. Justificar la renuncia a la lengua en el bar de la esquina. Y la incapacidad colectiva de asumir la naturaleza del poder político, y pagar el precio. Con la inmersión lo fiamos todo al futuro, como siempre, en lugar de hacernos responsables del presente.

Para salvarlo, es necesario que el catalán sea una lengua que cree un espacio de libertad, no un espacio etnográfico de museo. El castellano es la lengua propia de España porque es la lengua sobre la que se ha construido un espacio político que garantiza la libertad de sus hablantes. El catalán ha sido la lengua propia de Cataluña porque ha construido un espacio de resistencia contra la opresión del estado. Sin un espacio político libre, es un instrumento de comunicación inútil. Las lenguas sólo sirven para nombrar un mundo, y recoger la sabiduría de los siglos: por eso tenemos nombres específicos para cada viento o cada tipo de ola, según el impacto que han tenido en las vidas de muchas generaciones. Si este mundo no existe, si es un mundo donde no se puede vivir libremente y prosperar en él, ni el mundo ni la lengua merecen la pena ser vividos. Y la inmersión es entonces inútil o, en el extremo, una ironía.

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