De Països Catalans a eurorregión

por Administrador

Artículo de Jordi Font, licenciado en Geografía e Historia, en El País (15/1/2005)


A primeros del siglo XVIII, con la Nueva Planta borbónica, decaía la denominación Corona de Aragón. A partir de la Renaixença cultural del siglo XIX, sin embargo, surgía la necesidad de distinguir entre Cataluña y el conjunto de tierras de habla catalana. Algunos, recordando que la expansión del catalán había resultado de la conquista y la repoblación catalana, lo llamaron “la Catalunya Gran”, sin mayor éxito. Sería Josep-Narcís Roca Farreras, en 1886, quien acuñaría por vez primera el término “Països Catalans”, en la revista L’Arc de Sant Martí de Provençals, medio de expresión del primer catalanismo, el de Valentí Almirall, de carácter federalista y de signo progresista.

Aunque, en realidad, el término no arraigó hasta los años cincuenta y sesenta del siglo XX, en plena resistencia antifranquista, impulsado sobre todo por el valenciano Joan Fuster y por el catalán Alexandre Cirici Pellicer. De ese modo, la denominación “Països Catalans” vino a llenar un hueco semántico entre los estudiosos y empezó a usarse con una cierta normalidad en los ambientes políticos de catacumbas. Y pronto se daría una novedad sin precedentes en la cultura política del catalanismo republicano: la aparición de un partido que haría bandera política de los “Països Catalans” y adquiriría esa dimensión territorial: el Partit Socialista d’Alliberament Nacional (PSAN), hoy disuelto y cuya herencia, pasado el tiempo, acabaría recalando en la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) de hoy.

En cualquier caso, se trató y se trata de posiciones a la izquierda, entre nostálgicas e idealistas, ajenas al poder económico y, en consecuencia, a cualquier designio imperialista que merezca ese nombre.

De su parte, el catalanismo conservador de la Lliga Regionalista, el que expresaría los intereses de la burguesía catalana de la primera mitad del siglo XX y, pues, cualquier hipotético designio expansionista, no mostró un mayor interés por el área lingüística del catalán: su objetivo político y económico estaba en Madrid, su “imperialismo” (teorizado por Prat e impulsado por Cambó) se refería a España.

Y la simultánea ortodoxia cultural del primer Noucentisme, mesurado y algo pudibundo, no casaba nada con la exuberancia valenciana. Tal vez se deba a eso que, en la Cataluña oriental, sobre todo en Barcelona, la fonética occidental (valenciano-leridana) se reservara, hasta no hace tanto, para el sulfuroso demonio de Els pastorets navideños.

Lo mismo puede decirse del catalanismo conservador y populista de CiU, muy vinculado también al poder económico, que se ha limitado a guardar las buenas relaciones con los valencianos y los baleares amigos, pero sin mayor convicción y, a veces, con la expresión de quien tiene una molestia en el zapato.

La bandera de los “Països Catalans”, pues, ha brillado por su ausencia en los medios donde debería registrarse cualquier afán expansionista realmente serio.

No tiene, en consecuencia, mayor fundamento el espantajo que vienen esgrimiendo al respecto los conservadores valencianos. Sólo se entiende como una argucia táctica, destinada a orientar las cosas en alguna dirección opuesta e inconfesada.

En cualquier caso, es evidente que, desde Cataluña, no tiene ningún sentido servirle balones de oxígeno a esa táctica confusionista.

Por ello, tal vez sería conveniente que, desde Cataluña, se dejaran de lado las bellas palabras equívocas y contraproducentes, las extrapolaciones culturales o lingüísticas hacia el terreno político, como es el caso de la denominación “Països Catalans”. Es ciertamente abusivo llamar catalanes a los valencianos, por más que su lengua sea una de las modalidades que integran el catalán (a la cual los valencianos han denominado siempre “valencià”).

Hay que reconocer que Cataluña y Valencia, hoy por hoy, no constituyen un demos común, es decir, un sentimiento de pertenencia común y una voluntad política mayoritaria de autogobierno común. No se puede ignorar la realidad. Incluso para cambiarla, hay que reconocerla primero.

Como ha venido a sugerir el presidente Maragall, la recién nacida eurorregión del “arco mediterráneo occidental” -bautizada “Pirineos/Mediterráneo”- resulta un aparato y una denominación especialmente indicados para el caso. Incorpora la geografía lingüística del catalán, con todas las consecuencias que son del caso, pero no se queda en eso, sino que alcanza a toda la vieja Corona de Aragón. Y lo hace en dos direcciones. Hacia su pasado, en lo que tiene éste de anticipación, de opción precursora y vigente por el Estado compuesto. Y hacia el futuro, identificándose como un potente sujeto emergente, de proyección europea y global. Quizá sea hora de darle reposo a la denominación “Països Catalans”, con su carga de equívocos y de anticuerpos.

En su lugar, la eurorregión no es sólo una denominación razonable y asumible por todos, sino también un artilugio en marcha, metido a construir el futuro y capaz de responder a las necesidades y esperanzas de la gente de esos territorios y, en consecuencia, de constituir una referencia común de futuro.

Anuncios