Por un bilingüismo equilibrado

por Administrador

 “La vituperada “inmersión lingüística”, que en lo esencial no es otra cosa que un método pedagógico para lograr una perfecta educación bilingüe en que los alumnos castellanohablantes y catalanohablantes culminen sus estudios con una plena capacitación en las dos lenguas, aparece como una puerta a la esperanza para conseguir que, en el futuro, toda (o casi toda) la población de Cataluña llegue a un bilingüismo equilibrado”

Artículo de Francesc Vallverdú publicado en El País (17/6/1996)


Desde que en Cataluña se generalizó el método de la inmersión lingüística para superar los malos resultados en la educación bilingüe (en catalán y en castellano), se han alzado voces condenando este método por ver en él actitudes totalitarias y vulneradoras de los derechos del individuo. Así, F. A. Marcos Marín, en su libro Conceptos básicos de la política lingüística para España (1994) -publicado por una fundación cuyo presidente es José M. Aznar-, después de recordamos que “la corriente que defiende al grupo sobre el individuo y convierte al Estado en vigilante del grupo se llama, técnicamente, totalitarismo” (p.11), sólo ve este peligro “en las comunidades bilingües, salvo en Galicia” en las que los castellanohablantes “sienten que el castellano está siendo amenazado por la otra lengua” (p. 47). Si bien admito que los nacionalismos de las “pequeñas naciones” pueden incurrir en rasgos totalitarios, siempre condenables para un demócrata, históricamente sólo los totalitarismos de las “grandes naciones” han cometido crímenes y graves atentados contra los individuos. No pongo en duda las convicciones democráticas de Marcos Marín, pero para “lograr un equilibrio entre el español como lengua del reino y las lenguas de las comunidades autónomas” se deja arrastrar por el tópico, técnicamente totalitario, del “postulado básico” según el cual Ia lengua común es un factor de unidad nacional” (p. 56) en lugar de basarse en razones prácticas. (Aquí se olvida una vez más que países como Suiza no tienen una lengua común y en cambio existe unidad nacional).

Desde otra perspectiva ideológica, Jesús Mosterín llegaba a parecidas conclusiones en su artículo “Los derechos lingüísticos” (EL PAÍS, 2. II.1996). Mosterín, confrontando la “democracia liberal” a la “democracia totalitaria”, recordaba que el principio genérico de la libertad se articula en una serie de libertades, entre las cuales cita la “libertad de la lengua”, con los correspondientes derechos lingüísticos para protegerla. Partiendo de este planteamiento correcto, las derivaciones que extraía Mosterín parecen más propias de la utopía libertaria que de una razón “lógica”. Al colocar “el principio de la libertad individual por encima del proceso democrático” de una manera tan rotunda y esquemática parece olvidar dos cosas: que la lengua es un hecho social, gracias al cual el individuo puede comunicarse con el otro; y que las libertades nunca pueden ser omnímodas, porque el individuo debe respetar las libertades de los demás.

Que mis recelos no con infundados se demuestra en los mismos ejemplos aducidos por Mosterín: comparto sus críticas a Argelia, a Turquía y a la España franquista por sus políticas contra la libertad de la lengua, pero es absolutamente idealista la visión que tiene del caso de Bélgica. Según el articulista, en este país “sólo hay libertad lingüística en Bruselas”, pues el resto “está dividido por un invisible telón de acero en dos regiones (Flandes y Valonia) que practican una política lingüística que no tiene nada que envidiar a la argelina o a la turca en cuanto a totalitarismo”. Poco debe conocer la realidad belga, el señor Mosterín, para defender tal opinión, ya que la situación es muy distinta. En Bélgica existen varias comunidades que desde el punto de vista lingüístico funcionan con plena autonomía: en Valonia la lengua oficial es el francés, pero con municipios fronterizos de minoría neerlandesa y alemana; en Flandes la lengua oficial es el neerlandés (llamado también flamenco), pero con municipios fronterizos de minoría francesa; en la pequeña región oriental de lengua alemana existe una minoría francesa; y en Bruselas, único territorio estrictamente bilingüe, existen dos lenguas oficiales, el francés y el neerlandés. Ahora bien, Bruselas no presenta una situación idílica. En la actualidad es el lugar del mundo donde se aplica con mayor rigidez una política democrática de apartheid lingüístico: todas las instituciones (universidades, escuelas, oficinas públicas, incluso cines, etcétera) están duplicadas para poder atender a los hablantes de las dos lenguas por separado. Curiosamente esta situación aparece en la práctica mitigada por el carácter internacional de la ciudad, gracias al cual el inglés ocupa cada día mayores posiciones. En cambio, en las regiones con una sola lengua oficial, el funcionamiento lingüístico está tan claro como en cualquier territorio “normal”, por ejemplo Portugal o Dinamarca, países a los que desde luego sería injusto acusar de practicar un “totalitarismo lingüístico”.

Llegado a este punto hay que aclarar dos posibles confusiones. En primer lugar, la inmensa mayoría de catalanes no aceptamos para Cataluña un modelo bilingüe como el de Bruselas. Este modelo que parecen defender ciertos sectores del Partido Popular y, por lo visto, también encuentra plausible el señor Mosterín, sería totalmente inaplicable en Cataluña, donde en las épocas de libertad la convivencia lingüística ha sido y es general, y nunca se ha tolerado ninguna forma de apartheid. En definitiva, en nuestra comunidad una política lingüística como la de la capital belga nos llevaría a una peligrosa división en comunidades separadas. En segundo lugar, la política lingüística que se aplica en Valonia y en Flandes tampoco es conveniente para Cataluña, porque en nuestra comunidad vive un 40% o 45% de la población que tiene el castellano como su lengua habitual. Ésta es la principal razón, a mi modo de ver, por la que los postulados de nuestro Estatuto de autonomía siguen siendo vigentes: “1. La lengua propia de Cataluña es el catalán. 2. El idioma catalán es el oficial de Cataluña, así como también lo es el castellano, oficial en todo el Estado español”. A partir de estos postulados se infiere una política de doble oficialidad (no cooficialidad, que da idea de simetría), con un tratamiento especial para el catalán, como lengua propia de la comunidad, y un escrupuloso respeto a los derechos lingüísticos de todos los ciudadanos: catalanohablantes, castellanohablantes, sin olvidar las demás minorías cada vez más presentes en nuestra sociedad.

Aquí puede plantearse otra cuestión: ¿esta política va a favor o en contra del bilingüismo existente en nuestra comunidad? Responder a esta pregunta me permite aclarar las dudas de Gabriel Jackson en su interesante artículo de hace unos meses, titulado “Matices catalanes”. Afirma Jackson que en sus conversaciones con intelectuales catalanes ha notado un “rasgo curioso y desgraciado”: “Casi nadie habla de bilingüismo como un enriquecimiento cultural, como una oportunidad de hablar, leer y escribir en dos idiomas”. Antes de proseguir, quisiera recordar a mis lectores que me encuentro entre los defensores del bilingüismo equilibrado y, desde luego, del multilingüismo: muy a menudo he polemizado con los detractores del bilingüismo, que lo consideran como una tara, cuando en el aspecto positivo se trata de un enriquecimiento cultural. Ahora bien: en Cataluña existe este recelo contra el bilingüismo, porque los únicos bilingüismos que se ensalzan son el “bilingüismo regionalista”, que tantos admiradores tiene entre los centralistas más rancios, o el “bilingüismo separado” de los admiradores del régimen lingüístico de Bruselas. Para entender bien por qué hay tantos catalanes reacios a proclamar las virtudes del bilingüismo, baste recordar que, a pesar de 15 años de autonomía en Cataluña, mientras que el 93% de sus ciudadanos saben hablar, escribir y leer en castellano, sólo el 40% de esos mismos ciudadanos sabe hablar, escribir y leer en catalán en un contexto de predominio del uso social del castellano. ¿Entiende ahora, señor Jackson, por qué tantos intelectuales catalanes se sienten incómodos con ciertos bilingüismos?

En este contexto, la vituperada “inmersión lingüística”, que en lo esencial no es otra cosa que un método pedagógico para lograr una perfecta educación bilingüe en que los alumnos castellanohablantes y catalanohablantes culminen sus estudios con una plena capacitación en las dos lenguas, aparece como una puerta a la esperanza para conseguir que, en el futuro, toda (o casi toda) la población de Cataluña llegue a un bilingüismo equilibrado. Puede ser que en el curso de su aplicación se hayan cometido algunos errores, que desde luego deben corregirse -y así se ha venido haciendo. Pero está claro que, si se pretende realmente un bilingüismo equilibrado y no conflictivo, sin olvidar tampoco en el horizonte pedagógico un eficaz multilingüismo, sólo se podrá lograr mitigando la escandalosa diferencia que hoy existe entre la plena capacitación en castellano y la escasa capacitación en catalán.

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