ERC, un partido con gen rupturista

por Administrador

Artículo de Eric Company publicado en El País (1/6/2014)


En 1989 abandonó el federalismo “en el marco de los pueblos ibéricos” que había defendido desde 1931 porque lo consideraba del todo inviable a la vista de la evolución del modelo autonómico y los partidos españoles, y abrazó la causa de la independencia

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Esquerra Republicana (ERC) es lo más parecido a un partido anti-régimen que hay en Cataluña. Y justamente porque en Cataluña hay ahora un potente movimiento contra el modelo constitucional vigente es el partido que ha podido convertirse en su principal expresión en las urnas y alzarse con la victoria en las elecciones al Parlamento Europeo. Ha desplazado al centro derecha nacionalistas y a los socialistas y aspira a convertirse en el nuevo eje político de la Cataluña futura, que sueña como inmediata, o casi, y para la que tiene un pedigree como nadie.

La historia “es un elemento crucial” en Esquerra en opinión de Joan B.Culla, autor de una extensa y detallada monografía sobre su trayectoria, titulada ERC, una historia política, que abarca desde 1931 hasta 2012. “El electorado nacionalista busca épica”, dice el historiador, “y este es un partido que la tiene”. Aunque no queda ya nadie de la etapa fundacional, su agitadísima evolución forma parte de la memoria histórica de la Cataluña progresista. Está en las familias, en los recuerdos y las fotos en sepia. Es el partido que en 1931, tres meses después de su creación, ganó las elecciones municipales y proclamó la república catalana.

El gen rupturista quedó ya para siempre en su ideario. Es, además, un partido de difícil clasificación en el arco ideológico. Ni liberal, ni socialista ni democristiano, nunca fue marxista. “Si acaso sería algo parecido al radical-socialismo francés de la III República, algo que ahora queda muy lejos”, dice Culla. En su ADN figura, sin embargo, la alianza de primera hora con el socialismo catalán. En la época de la II República ganó las elecciones aliado con la Unió Socialista de Catalunya (USC) de Rafael Campalans y esto contribuyó a anclarle en la izquierda en vez de situarlo en el indefinido ámbito del centrismo.

Aquella victoriosa alianza con el socialismo catalán durante la Segunda República es lo que en parte acaba de repetir ahora. Ha acudido a las elecciones europeas con la primera de las escisiones que amenazan la viabilidad del PSC, Nova Esquerra Catalana, encabezada por Ernest Maragall, que lleva consigo una buena parte de la legitimidad catalanista que los socialistas están perdiendo en el torbellino que agita Cataluña desde 2010. Ni que decir tiene que sus dirigentes piensan seguir pescando en el inmenso caladero de votos y cuadros políticos en que se está convirtiendo el espacio socialista si nadie lo remedia.

Uno de los actuales dirigentes de Esquerra, Joan Manuel Tresserras, que fue consejero en el gobierno catalán presidido por José Montilla, sostiene que, salvadas todas las diferencias históricas, su partido vive en los últimos dos o tres años algo parecido al proceso que le alumbró hace 83 años. “Esquerra no fue creada como un partido, sino como una estructura encargada de dirigir un movimiento popular muy fuerte, que arrancaba de mitad del siglo XIX. Era un agregado muy diverso, en el que confluían los obreros catalanes de la CNT hasta figuras como un Francesc Macià”. Los objetivos de aquel movimiento eran la libertad de Cataluña, la justicia social y el cambio de régimen en un momento de agudas crisis sociales y políticas en una Europa en la que avanzaban los totalitarismos. Culla destaca también este aspecto. “Esquerra es lo que se define como un partido atrápalo todo, catch all, en la terminología académica”, explica, “y desde su fundación reúne gentes de la más variada condición: Josep Maria España, un político aranés que había pertenecido al Partido Liberal, el de Sagasta, hasta Martí Barrera, un hombre de la CNT, Jaume Miravitlles, que provenía del Bloc Obrer Camperol, y Macià, que estaba casado con la pubilla (heredera) de la finca agraria más grande de Cataluña. Allí cabían casi todos: rabassaires, menestrales y obreros”.

Ahora es también así. Asalariados de todos los rangos, pequeños y medianos empresarios, profesionales de todos los ámbitos, comerciantes y maestros forman la amalgama interclasista que, por ejemplo, se advierte incluso a simple vista en los reportajes fotográficos o televisivos sobre las dos últimas manifestaciones del Onze de Setembre. ¿Por qué vuelve a aparecer ahora Esquerra como el partido capaz de expresar un movimiento social heterogéneo como el cristalizado en 2010, cuando el Tribunal Constitucional puso punto final al largo proceso de renovación del Estatuto de Autonomía? Culla sostiene que desde 2010 se ha configurado en Cataluña “una coyuntura histórica extraordinariamente favorable” para el independentismo. “Lo que ocurre es que CiU, el Gobierno español y el Tribunal Constitucional, soplan el viento que hincha las velas de Esquerra y Esquerra es un partido particularmente adecuado para actuar como reactivo. Es el partido de los más auténticos, incorruptibles catalanistas”.

Esta imagen es fruto de una serie de decisiones políticas adoptadas en circunstancias críticas. La primera en la presente etapa democrática fue votar contra la Constitución de 1978 para ser consecuente con su republicanismo. Luego aceptó el Estatuto de 1979 porque reconocía la Generalitat, pero exigió inmediatamente su reforma, en 1980, porque lo consideraba inferior al que Cataluña había tenido durante la II República. Esta fue la segunda. En 1989 abandonó el federalismo “en el marco de los pueblos ibéricos” que había defendido desde 1931 porque lo consideraba del todo inviable a la vista de la evolución del modelo autonómico y los partidos españoles, y abrazó la causa de la independencia. Esta fue la tercera. En 2003, logró que las demás fuerzas catalanistas impulsaran la reforma de Estatuto, en un gesto definido como gradualista destinado a verificar el margen máximo de autonomía para Cataluña que podía permitir la Constitución de 1978. Pero, a la hora de la verdad, tras el “cepillado” al que el proyecto redactado en el Parlamento catalán fue sometido en las Cortes, preconizó el no en el referéndum estatutario de 2005. Esta fue la cuarta. Le costó tener que aceptar que por esta razón el presidente Pasqual Maragall le echara del Gobierno de la Generalitat.

El hilo rojo que une este tipo de críticas decisiones de ERC tomadas en momentos cruciales le configuran como un partido intransigente en la defensa de los ideales catalanistas. Esto es lo que le confiere una muy alta credibilidad en ciertos momentos. Por el camino hay infinidad de accidentes que muestran más bien un partido de difícil dirección, con un componente libertario en su organización, dado a las facciones y los personalismos, muchas veces ambiguo. Pero, en la presente coyuntura, todo esto juega a su favor, porque le mantiene abierto a derecha e izquierda, y muy poroso. Justo en el momento en el que, en la visión de Tresserres, ha madurado un acierto estratégico que proviene de la década de 1990. Se trata de la formulación por el equipo de Josep Lluís Carod de una propuesta de bloque social progresista amplio y muy diverso para luchar desde la izquierda por la hegemonía política.

Tresseras lo expone así: “A finales del siglo XX estaba claro que la burguesía catalana que, décadas atrás, había tenido un proyecto para Cataluña, ya no lo tenía. También estaba claro que el proyecto nacional español de algunas fuerzas implicaba la disolución de Cataluña como nacionalidad. Fue entonces cuando comenzó a elaborarse el discurso de una fuerza de izquierdas inclusiva en la que no importa donde has nacido, ni que lengua hablas, ni la identidad que tienes, sino que propone una sociedad con un modelo de ciudadanía compartida, en la que todos tienen los mismos derechos y los mismos deberes. Pero en el que la identidad pertenece al ámbito de la libertad y cada uno tiene la que quiere. Para materializar este proyecto, la clave es el Estado. El que tenemos no nos reconoce. Por esto la sociedad catalana se separa de él y hay un movimiento para construir uno nuevo, el suyo”.

Entusiasmos postelectorales aparte, la historia muestra también que de la misma forma que ahora saborea las mieles del éxito, Esquerra es también un partido que ha descendido a los infiernos. De una manera que ahora le favorece. Es el partido del presidente de la Generalitat fusilado por el franquismo en 1940, Lluís Companys. Es el que fue objeto de una durísima represión en la década de 1940, con cerca de un millar de fusilados. Quedó tan exangüe que en 1977 casi no existía. Por esto se le pudo impedir que fuera a las elecciones con su nombre republicano.

Los datos electorales de los últimos cuatro años son un resumen de la trayectoria del partido. Un vaivén de vértigo. Tras 7 años en el gobierno de la Generalitat, en las elecciones autonómicas de 2010 y las legislativas de 2011 cayó al 7% y el 7,7% de los votos y quedó como quinta fuerza del ranking catalán en ambos casos. En las municipales de 2011 quedó como cuarta fuerza con el 8,9% y perdió su representación en numerosas capitales de comarca y tres de las cuatro capitales de provincia, las de Tarragona, Lleida y Girona y en ciudades como Sabadell, Terrassa, Badalona, Cornellà, El Prat Reus, Mataró, entre otras. Era un retroceso brusco, muy fuerte. Estaba en plena depresión. La antigua dirección salió despedida. Pero en las autonómicas de 2012, al calor del movimiento soberanista reavivado por el cierre del Gobierno de Rajoy a toda evolución del modelo autonómico, rebotó hacia arriba y alcanzó el 13,7%, de los votos. Se convirtió en el segundo grupo del parlamento catalán. El domingo pasado ganó en casi todas las ciudades en las que había quedado fuera del ayuntamiento y muchas más, incluida la capital catalana, Barcelona, por primera vez desde la época de la II República. Alcanzó el 23,6% de los votos. Arriba y abajo. Culla concluye su estudio sobre Esquerra indicando que “podría hacer suya la divisa de la bimilenaria ciudad de París: Fluctuat nec mergitur; que, libremente traducido, significaría: “Sacudida por las olas, siempre flota”.

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