Cuando el PSOE decía: ¡Autodeterminación!

por Administrador

Artículo de Enric Juliana publicado en La Vanguardia (29/9/2013)


En el trascendental congreso de Suresnes (1974), el Partido Socialista Obrero Español se relanzó como fuerza política operativa con un programa de tonos radicales que iba más allá de la ‘España plural’ y aceptaba el derecho de autodeterminación de las nacionalidades

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En el trascendental congreso de Suresnes (1974), el Partido Socialista Obrero Español se relanzó como fuerza política operativa con un programa de tonos radicales que iba más allá de la ‘España plural’ y aceptaba el derecho de autodeterminación de las nacionalidades

Hay un párrafo maravilloso de Gabriel García Márquez en ‘Cien años de soledad’ que dice: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Hubo un tiempo en el que pasó algo parecido en este país. La democracia en España era tan reciente, tan reciente que aún no había nacido, que algunas cosas se mencionaban con nombres que ahora nos parecerían increíbles. Hubo un tiempo en el que el Partido Socialista Obrero Español señalaba con el dedo la autodeterminación de los pueblos y levantaba el pulgar. ¿Derecho a decidir? No, no, no, esa expresión ahora tan presente en los diarios, meliflua y propia de un adolescente contrariado al que no dejan llegar tarde a casa, no es de aquella época, en la que todo parecía pendiente. Estamos hablando en serio: derecho de autodeterminación de las nacionalidades de España. Ese era uno de los puntos centrales del programa del PSOE renovado en 1974. Claro, preciso y contundente. Tan contundente que estuvo a punto de proclamar la autodeterminación para todos.

10 de octubre de 1974, Suresnes, periferia de París, teatro Jean Vilar. El congreso socialista elige al joven abogado sevillano Felipe González como nuevo secretario general, tras una laboriosa alianza entre diversos sectores de la militancia en el interior de España, una mayoría que deja definitivamente fuera de juego a la vieja dirección en el exilio encabezada por Rodolfo Llopis. Maestro alicantino, masón desde la juventud a la vejez, diputado durante la República, enfrentado durante la Guerra Civil a la línea del primer ministro Juan Negrín, anticomunista, Llopis mantenía un PSOE de mesa camilla a la espera de la muerte del dictador. Y en España todo estaba cambiando

En un congreso anterior, Llopis ya había sido sustituido por una dirección colegiada del interior, abriéndose una lucha de fracciones: el PSOE Histórico contra el PSOE Renovado. La Internacional Socialista finalmente había dado la razón a los renovadores –luego veremos en qué contexto- y el congreso de Suresnes era la ceremonia de entronización del nuevo grupo dirigente y del nuevo programa.

Un programa que enfocaba así la complicadísima cuestión territorial española. Aviso a los jóvenes lectores que no hayan vivido la transición, átense los cinturones y preparados para la sorpresa:

Ante la configuración del Estado español, integrado por diversas nacionalidades y regiones marcadamente diferenciadas, el PSOE manifiesta que:

1) La definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español.

2) Al analizar el problema de las diversas nacionalidades el PSOE no lo hace desde una perspectiva interclasista del conjunto de la población de cada nacionalidad sino desde una formulación de estrategia de clase, que implica que el ejercicio especifico del derecho de autodeterminación para el PSOE se enmarca dentro del contexto de la lucha de clases y del proceso histórico de la clase trabajadora en lucha por su completa emancipación.

3) El PSOE se pronuncia por la constitución de una República Federal de las nacionalidades que integran el Estado español por considerar que esta estructura estatal permite el pleno reconocimiento de las peculiaridades de cada nacionalidad y su autogobierno a la vez que salvaguarda la unidad de la clase trabajadora de los diversos pueblos que integran el Estado español.

4) El PSOE reconoce igualmente la existencia de otras regiones diferenciadas que por sus especiales características podrán establecer órganos e instituciones adecuadas a sus peculiaridades.

El hombre clave del congreso de Suresnes fue el joven librero sevillano Alfonso Guerra, un hombre de origen humilde, con estudios universitarios y muy aficionado al teatro. Él movió los hilos, supervisó las ponencias y garantizó la elección de Felipe González como secretario general, frente al núcleo madrileño encabezado por Pablo Castellanos y Francisco Bustelo. Alfonso Guerra (nombre clandestino ‘Andrés’), afinando los textos sobre el irrenunciable derecho de autodeterminación de las nacionalidades de España en una brasserie de la periferia de París, con fondo musical de George Brassens. He ahí una excelente dosis de ironía para una tarde de domingo. Sugiero acompañarla con una copa pacharán con hielo.

Suresnes fue un éxito. Un hito. El viejo partido socialista español, muy dañado por el drama de la Guerra Civil y prácticamente hibernado durante la dictadura, renacía para jugar un papel estratégico de primer orden en el sur de Europa. La calidad de los políticos extranjeros presentes en el ceremonia de clausura del congreso así lo atestiguan: Willy Brand, ex canciller de Alemania Federal y líder del Partido Socialdemócrata alemán; François Mitterrand, líder socialista francés y futuro presidente de la República, y Bruno Pittermann, socialdemócrata austríaco, superviviente de los campos de concentración nazis y en aquel momento presidente de la Internacional Socialista.

Contexto. Octubre de 1974. Estamos en uno de los momentos críticos de la Guerra Fría. Hace apenas un año del derrocamiento por las armas del gobierno socialista de Salvador Allende en Chile, mediante un golpe militar claramente alentado y protegido por Estados Unidos. Un golpe que acaba de tener un reverso más pacífico en Portugal, con cierto aliento soviético. El 25 de abril de 1974, los jóvenes oficiales del ejército colonial portugués se han levantado en armas contra el dictador civil Marcelo Caetano, directo sucesor de António de Oliveira Salazar, instaurando un régimen de libertades bajo la tutela del Movimiento de las Fuerzas Armadas en el que el Partido Comunista Portugués comienza a tener una gran influencia. Desbordado por la izquierda, el mariscal António de Spínola ha fracasado como regente de la Revolución. En los cuarteles todo se decide en asamblea.

Spínola acaba de renunciar como presidente de la República, siendo sustituido por el general Francisco da Costa Gomes, al que se le atribuyen simpatías con los comunistas.

Occidente está atónito. El secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, comienza a pensar en una intervención armada de la OTAN en Portugal, con la posible colaboración del Ejército español. El Gobierno de Franco será consultado al respecto. En Grecia ha caído la dictadura de los coroneles (julio de 1974) y se intenta una transición democrática bajo la dirección de Konstantinos Karamanlis, figura tutelada por Francia. En Italia, la única democracia parlamentaria bien asentada en el Mediterráneo, el Partido Comunista supera el 30% de intención de voto y amenaza con sobrepasar a la Democracia Cristiana. Y en España, Franco envejece sin que sea posible vislumbrar el margen de maniobra del príncipe nombrado sucesor a título de Rey. El Partido Comunista de España, que parece compartir la línea moderada de sus camaradas italianos, es la principal fuerza de oposición en un país civilmente aplastado por cuarenta años de dictadura. La Revolución en Portugal ha puesto muy nerviosos a los militares españoles y ha iluminado la mirada de los antifranquistas. El primer ministro Carlos Arias Navarro es favorable a una intervención en Portugal, para ganar puntos ante Estados Unidos. La División Acorazada Brunete, previamente desplazada a Badajoz, podría atacar por la espalda a los revolucionarios portugueses. El viejo general Franco, sin embargo, se ha mostrado remiso, dicen algunos cables diplomáticos. Franco, que dice conocer a los portugueses, teme que un ataque español incremente la adhesión de la población a los militares de izquierda. En la reunión reservada en la que se ha discutido la cuestión, el Generalísimo ha dicho a Arias que lo mejor es esperar. Franco, nacido en El Ferrol, siempre espera que el tiempo juegue a su favor.

Los socialdemócratas centroeuropeos, especialmente los alemanes, están muy preocupados. No comparten la estrategia belicista de Kissinger y creen que lo mejor es promover nuevos liderazgos socialistas en el sur de Europa que intercepten la hegemonía de los partidos comunistas y de sus sindicatos. En Portugal, apoyan al abogado socialita Mario Soares. Y en España hay que decidir cuál es la mejor apuesta entre distintos grupos que se reclaman socialistas o socialdemócratas. Willy Brand y su gente ya han llegado a una conclusión: el joven abogado González y las viejas siglas del PSOE son la mejor apuesta.

El congreso de Suresnes entroniza esta elección. Brand y Miterrand acuden al acto de clausura para dejar claro a quién apoyan. El régimen franquista toma nota. Felipe González, ‘Isidoro’, será sometido a vigilancia, pero los jefes policiales pronto recibirán la instrucción de que ese hombre no debe ser detenido. Pocas semanas después del congreso de Suresnes, el diario ‘El Correo de Andalucía’ publica una entrevista con el nuevo secretario general del PSOE y la edición es secuestrada. El mito ‘Isidoro’ se pone en marcha…

(Tuve noticia de ‘Isidoro’ a los diecisiete años leyendo la revista ‘Triunfo’ en una biblioteca de Badalona. Lo recuerdo bien: un recuadro a pie de página informaba de la elección de un nuevo secretario general del Partido Socialista Obrero Español. Me llamó la atención. Joven bachiller de la periferia de Barcelona, politizado (como se decía entonces), devoraba diarios, tres o cuatro al día, me sabía de memoria el nombre de los principales personajes de la revolución portuguesa y empezaba a tener cierto conocimiento de la historia de España. Había leído con afán la trilogía de Manuel Tuñón de Lara sobre el siglo XX español. En la política clandestina de los primeros años setenta, apenas había socialistas en Badalona. Un grupo de activos militantes de la Unión Sindical Obrera (USO), un pequeño núcleo del Moviment Socialista de Catalunya (precursor del PSC) y Don Nicolás, un maestro jubilado del barrio de Pomar, un hombre alto con sombrero, del que todo el mundo decía que era del PSOE. Cuando leí la noticia de ‘Isidoro’ pensé en Don Nicolás. Más tarde, conocí a unos jóvenes militantes de la renacida federación catalana del PSOE y me sorprendió su acentuado lenguaje izquierdista. Parecían trotskistas).

El PSOE, efectivamente, era muy poca cosa en 1974. En el Congreso de Suresnes se dio por buena la cifra de 3.786 afiliados, 1.038 en el exilio. Los núcleos principales de militancia se hallaban en el País Vasco y Asturias, muy pegados a las estructuras clandestinas de UGT en la minería y la siderurgia. En Madrid, profesores universitarios, algunos de ellos de familias muy notables. En Sevilla, el círculo de González y Guerra, coloquialmente llamado “el clan de la tortilla”.Un partido escaso. Un partido hibernado tras el dramático final de la Guerra Civil en Madrid. El momento agónico en el que el socialista Julián Besteiro realizó el llamamiento por radio para poner fin al Gobierno de Juan Negrín e intentar pactar un armisticio con Franco. Días terribles con enfrentamientos entre las tropas republicanas dispuestas a proseguir la guerra bajo las consignas de Negrín (apoyado por los comunistas) y las que secundaban el llamamiento de la Junta encabezada por el coronel Segismundo Casado. Una vez se hubieron enfrentado entre sí, Franco, siempre jugando con el tiempo y las contradicciones del adversario, exigió la rendición incondicional. Casado logró huir. Besteiro, un buen hombre, murió en la cárcel de Carmona. El PSOE debe de ser uno de los pocos partidos políticos de Europa que ha protagonizado un golpe de Estado contra sí mismo.

El PSOE era muy poca cosa y tenía importantes competidores en el horizonte de cambio político. El primero de ellos, el Partido Comunista de España –el PSUC en Catalunya-, con estructuras clandestinas en casi todas las ciudades del país y fuertemente respaldado por Comisiones Obreras, una de las novedades sociológicas de los años sesenta: un sindicato-movimiento que aprovechaba muy bien las estructuras legales del sindicato vertical. El PCE, elegido como adversario principal por el régimen, tenía el prestigio de la clandestinidad, a pesar de sus frecuentes disensiones internas. El prestigio de la clandestinidad y el apoyo de la URSS, pese a un distanciamiento doctrinal que pronto tomaría el nombre de “eurocomunismo”. Radio España Independiente, legendaria emisora del PCE, emitía desde Bucarest (Rumania).

El segundo competidor era el Partido Socialista del Interior (después Partido Socialista Popular), encabezado por el profesor marxista Enrique Tierno Galván (futuro alcalde de Madrid) que había conseguido cierta influencia en medios universitarios.

Y, en tercer lugar, un rival imprevisto. La hibernación del PSOE había facilitado la sucesiva aparición de diversos partidos socialistas de carácter regional que aquel mismo año 1974, en agosto, habían constituido en París la Conferencia Socialista Ibérica. Un mosaico de nuevo tipo: socialistas, federalistas, autogestionarios, cooperativistas… Profesores universitarios y los jóvenes cuadros sindicales de la USO, con notable incidencia en la banca y la enseñanza. Un mosaico. Convergencia Socialista de Catalunya (precursora del PSC), Partit Socialista del País Valencià, Partit Socialista de les Illes, Partido Socialista Galego, Eusko Sozialistak, Partido Socialista de Andalucía, Partido Autonomista Socialista de Canarias, Partido Socialista de Aragón, Convergencia Socialista de Madrid y otros grupos menores. Algunos de sus dirigentes habían leído a Anselmo Carretero.

¿Quién era Anselmo Carretero? Un personaje interesante que el PSOE ha preferido mantener siempre en zona de sombra. Anselmo Carretero Jiménez (Segovia, 1908-México, 2002) fue un socialista castellano que teorizó España como “nación de naciones”. Hijo de Luis Carretero Nieva, pionero del regionalismo en Castilla la Vieja, estudió en Francia, Alemania y México, combatió en la Guerra Civil española, y volvió a México donde escribió diversos ensayos sobre el rompecabezas territorial español. “Las nacionalidades españolas» (1952), «La integración nacional de las Españas» (1957), «La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos» (1962), «España y Europa» (1971), «Las nacionalidades españolas» (1977), «Los pueblos de España» (1980). Defendía un Estado federal y durante la transición se mostró crítico con la artificiosidad del proceso, ya que, entre otras razones, consideraba que la comunidad de Castilla y León carecía de fundamento histórico.

Bien bautizado por el socialismo alemán y francés, y observado con buenos ojos desde Washington, el PSOE de Suresnes tenía que competir con un PCE que se había puesto como ejemplo el Partido Comunista Italiano; con el académico PSP del profesor Tierno Galván, y con ese mosaico de socialistas federales que contaba con el respaldo de la joven USO, más atractiva que Comisiones Obreras entre los trabajadores de cuello blanco.

Felipe González era joven y locuaz, pero las siglas del PSOE aún olían a naftalina. A pelea en el exilio. Había que modernizar el mensaje. Y, sobre todo, había que competir.

El PCE y el PSUC, muy atentos a la política de alianzas y a no ser excluidos de un inevitable proceso democrático, tenían un programa moderado, inicialmente ceñido a tres puntos principales: libertad, amnistía y restauración de los tres estatutos de autonomía de la República (Catalunya, Euskadi y Galicia). Abogaban por un referéndum sobre la forma de Estado, sin gran exhibición de bandera republicanas en sus actos. Nunca defendieron abiertamente el derecho de autodeterminación. El PSP abogaba por un “Estado regional” con estatutos para nacionalidades y regiones históricas. Y defendía la existencia de una segunda cámara que tomaría el nombre de Cámara de las Nacionalidades y de las Regiones. La Confederación Socialista Ibérica (en 1976, Federación de Partidos Socialistas) defendía una España federal con acentos casi libertarios. Acentos de la Primera República.

El PSOE de Suresnes, el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra, rompió el techo: derecho de autodeterminación para las nacionalidades y generosos estatutos para las “regiones diferenciadas”. Un punto de partida rompedor, para transmitir un mensaje de modernidad y, sobre todo, propiciar la absorción de los otros grupos socialistas, empezando por los socialismos regionales y federalistas, en los que circulaba mucha savia nueva. El PSOE de Suresnes copió su lenguaje y lo acentúo. La sagacidad táctica de González y Guerra era más que notable. Se “posicionaron” muy bien, como diríamos en el lenguaje de ahora. Intuyeron, correctamente, que las siglas del PSOE eran la mejor opción para la construcción de una oferta electoral socialista con potentes apoyos internacionales. Y optaron por un programa maximalista que fuese atractivo para las jóvenes generaciones urbanas de la época. Sin el riesgo de ser confundido con un satélite de Moscú, el PSOE quería presentarse como un partido rejuvenecido y radical. Mientras el PCE aceptaba en 1977 la bandera monárquica (una de las condiciones para su legalización), aún había banderas republicanas en los actos socialistas. La campaña contra la OTAN es uno de los ejemplos más claros de esa política. “OTAN, de entrada, no” decían los carteles socialistas en 1981, para intentar captar el voto comunista. Y después, pasó lo que pasó…

Después vinieron las rebajas, el bautismo constitucional, aquel desgraciado referéndum sobre la OTAN y el eficaz pragmatismo felipista. Algunos dirigentes socialistas se ponen nerviosos cuando hoy se les recuerda el programa de Suresnes. “Eso son cosas para los libros de historia, lo importante es el consenso constitucional”, dicen. Totalmente de acuerdo. Ese es el marco vigente. Conseguido, con gran eficacia, su objetivo primordial, unificar el espacio socialista, convertirse en el primer partido español y dejar a los comunistas en la cuneta de la historia, los arrianos de Suresnes regresaron al bautismo y a la recta senda en la que no caben autodeterminaciones, ni federalismos libertarios. (Tanto es así, que ni los autodeterministas catalanes se atreven hoy a pronunciar esa palabra y la han sustituido por un eufemismo).

Pero no me negarán que la historia del congreso de Suresnes es deliciosa y nos explica algunas cosas interesantes sobre el revés de la trama de la reciente historia de España. Cuando algunos exponentes de la corriente neo rústica del PSOE (los Bono, Ibarra, Corcuera, Leguina…) dicen que su partido es históricamente ajeno al federalismo, a la distinción entre nacionalidades y regiones, a una España entendida como “nación de naciones” y con ácido resentimiento señalan al díscolo socialismo catalán como causante de todos los males, mienten. Mienten a sabiendas, porque esos personajes conocen muy bien cuáles fueron las palancas sentimentales e ideológicas que usó el PSOE de Suresnes para no quedar encerrado en el armario de la historia, entre bolas de naftalina. Mienten y exhiben discursos castizos muy del gusto de la derecha mediática madrileña para ganarse su favor y sus migajas. Suben y bajan por la escalera de servicio.

La suave ironía de la historia. Ya voy acabando, puesto que no hay que abusar del pacharán. Felipe González ofrecía derecho de autodeterminación a los catalanes cuando estos no lo pedían y se enfada cuando ese requerimiento llega… cuarenta años después.

Siempre me ha fascinado González. Creo que es el político más importante que ha tenido España en muchísimos años. Interpretó bien el signo del tiempo en 1974 –el franquismo había arruinado la idea de España y Catalunya estaba poniendo de moda la reclamación de autonomía entre las nuevas clases medias urbanas- y seguramente lo vuelve a interpretar correctamente ahora, cuando muchos españoles, atónitos ante la crisis y el extraordinario desprestigio de la política, añoran, o creen añorar un estado centralizado. Cuarenta años después, el péndulo español se desplaza en dirección contraria, porque el montaje autonómico, en parte, fue artificioso.

El drama es que los catalanes, cuyo idioma también da nombre a las cosas, ese golpe de péndulo no lo desean. La mayoría. La inmensa mayoría. Esa es la contradicción que hoy parece irresoluble, cuando todas las cosas ya tienen nombre y no hace falta señalarlas con el dedo.



 

Entrevista a Felipe González 1977

“¿Debe ser el federalismo un movimiento unitario en todo el Estado o debe ser un movimiento múltiple? ¿Cada expresión regional debe tener una expresión socialista que a la vez se articulará o no con las otras expresiones socialistas? Eso si que me parece grave. Nosotros concebimos el Estado como un Estado federal que respete las diferencias de las nacionalidades y de las regionalidades que lo componen. Creemos que España es un país realmente plural y por consiguiente muy difícilmente unificable desde el punto de vista cuartelario. No podemos uniformizar a este país, hay que respetar las diferencias y coordinarlas. Por eso ante ese problema de la pluralidad del Estado nosotros damos una respuesta. Nosotros creemos que debe haber un partido socialista con una estructura federal, no una federación de partidos socialistas, porque eso fragilizaría mucho al socialismo en todo el Estado, hasta el punto que cualquiera de las federaciones podría en cualquier momento no estar de acuerdo con el resto, o tres federaciones no estar de acuerdo con siete y en el parlamento habría un espectáculo absolutamente imposible de soportar para la corriente socialista. Por consiguiente, pensamos que tiene que haber una forma unitaria socialista que se exprese en un congreso de todos los socialistas de España, por encima o al margen de regionalidad o nacionalidad y a la vez tiene que haber congresos de cada nacionalidad o cada regionalidad, para que en ellos se decidan con plena autonomía las alternativas que afectan a la nacionalidad o a la regionalidad. Pero hay que buscar alternativas socialistas para todos los españoles por encima de las fronteras nacionales o regionales”

PSOE y federalismo 1979

“Nosotros, que tenemos una aspiración, que no ocultamos, de carácter federalista, hemos comprendido que no es este el momento histórico de hacer una formulación federalista, que el federalismo puede ser el resultante de un largo proceso histórico y un resultante que garantice en el futuro esa unidad de España que los socialistas hemos defendido, defendemos y defenderemos en el futuro”.

 

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