La vida en el bando de los que reciben

por Administrador

Transcripción de la conferencia de Matthew Tree en la London School of Economics, en noviembre de 2008

En los años sesenta y en tiempos de Franco, cuando la lengua catalana estaba todavía en gran parte prohibida más allá de la privacidad del hogar, hubo un incidente en la emisora de radio española Cadena SER que todavía hoy se recuerda en Cataluña. La voz más conocida de la época, un presentador llamado Bobby Deglané -que, en palabras del escritor Quim Monzó, solia abordar a sus invitados como un “caballero almibarado”- invitó a la comediante catalana Mary Santpere, muy conocida también en toda España, a su espacio de fin de semana. Sólo empezar, el locutor dijo “Mary, no es cierto que los catalanes, más que hablar, ladran como los perros?” Sorprendida, la Santpere respondió tras pensarlo un instante: “Yo no lo diría esto, pero lo que sí te puedo decir es que en Cataluña es muy típico poner el nombre de Bobby a un perro…”

Los que hemos venido a vivir a la Cataluña posfranquista encontrábamos y todavía encontramos inexplicable que en el resto de España este tipo de burlas bobbydeglanescas -o peores- sean mucho más habituales de lo que sería razonable esperar después de 30 años de democracia. Les anécdotas se suceden, año democrático tras año democrático: del otro lado de los límites de Catalunya nos llegan testigos de catalanes que se dan una vuelta por la España monolingue, y que tan pronto son identificados por su orígen se los mira mal, se los trata mal, se los insulta en la calle y son distinguidos con todo un reguero de atenciones similares. Por ejemplo, conozco a un cámara de televisión que me explicó que en 2004, él y su equipo entraron en un restaurante de Burgos para ser recibidos por el encargado con un -y son palabras exactas- “Si queréis hablar en catalán, mejor lo hacéis en otro sitio”. Aunque mi anécdota favorita es la que hace un par de años describió por radio la escritora en lengua catalana Empar Moliner. Explicaba que tan pronto como había subido a un taxi en el aeropuerto de Madrid, le sonó el móvil. Un amigo de Barcelona. Respondió. Empezaron a charlar, en catalán. A los pocos segundos, el taxista ya se giraba para espetarle: “Aquí en España, hablamos español!” La Moliner se acercó para mentirle al oído: “Eh, que estoy hablando italiano, vale?” Respuesta: “Ah bien, entonces de acuerdo. No pasa nada.”

Personalmente, encuentro incomprensible que los catalanes que han pasado por experiencias de este estilo nunca parecen salir muy afectados. Yo, si alguien me dijera que deje de hablar inglés a otro angloparlante, en cualquier entorno, me enfado mucho. Tal vez estas anécdotas, abundantes como son, no dejan de ser eso: anécdotas, episodios, casos aislados de sparring regional bastante habituales en muchos países de todo el mundo. Quizás, he pensado alguna vez, los catalanes incluso hacen bien en descartar estos incidentes como simples tormentas en un vaso de agua

Pero en 2006 -cuando el Parlamento de Cataluña estaba componiendo el tercer Estatuto de Autonomía- me enteré de dos incidentes que me pareció que iban mucho más allá de una mera antipatía entre regiones. En ambos casos, yo estaba en el programa matinal de la cadena de radio RAC1. El músico Miqui Puig y yo teníamos lo que seguramente haya sido el trabajo más fácil y bien pagado del mundo occidental: durante media hora no nos hacia falta hacer casi nada más que irnos explicando las cosas que nos habían gustado y disgustado de la semana anterior. De vez en cuando, cuando esto nos resultaba demasiado exigente, el presentador abría los micrófonos y dejaba que los oyentes dijeran la suya.

Un viernes, nos llamó un taxista barcelonés: el fin de semana anterior se había comprado un Mercedes, y había decidido celebrarlo haciendo un pequeño viaje hasta la capital de Aragón, Zaragoza, para lucir su nueva herramienta de trabajo -ya chillona de por sí por sus colores amarillo y negro, que hacen que los taxis de Barcelona se vean venir de una hora lejos- delante de sus amigos aragoneses. Tan pronto como se detuvo en el primer semáforo de Zaragoza, los conductores de los coches a ambos lados empezaron a bajar las ventanillas para dedicarle todo tipo de insultos, aderezados con serias recomendaciones de irse de la ciudad, claramente provocados por la naturaleza catalana de su coche. Logró llegar a casa de sus amigos, que le rogaron que no aparcara el coche en la calle, porque no podían garantizar que se mantuviera de una pieza mucho rato. O sea que lo llevó a un parking, pero fue detenido en la entrada por un grupo de jóvenes airados que amenazaron con romperle los cristales, aparcara donde aparcara. Después de esto, nuestro taxista se rindió y abandonó Zaragoza a toda velocidad para buscar refugio tras la frontera catalana.

El viernes siguiente, recibimos una llamada similar, esta vez de una ciudad cercana a Barcelona –creo recordar que de Mataró. La llamada era de la madre de una chica de dieciséis años que hacía poco había hecho un viaje escolar a Madrid para ver el Museo del Prado. En el metro madrileño, la chica y sus compañeras iban charlando en catalán entre ellas, cuando un hombre mayor sentado en frente les conminó a que hablaran español. Ella se negó, diciendo que hablaría español con él, pero no con sus amigas. El viejo respondió que si fuera más joven -y cito- “Te rompería la cara”. En ese momento, un chico sentado al lado que había seguido la conversación se levantó ofreciéndose para hacerlo. La madre de la chica nos explicó que ella y las madres de todas las chicas de la escuela ya les habían dado instrucciones explícitas antes de que salieran hacia Madrid: bajo ningún concepto debían llevar ningún símbolo catalán o del FC. Barcelona, y si les preguntaban su opinión sobre cualquier tema político debían callar, cambiar de tema o hacerse las escurridizas. Todas aquellas madres consideraban estas precauciones absolutamente esenciales.

Y bien, podría parecer que estamos nuevamente ante un par más de anécdotas, y que a base de ir acumulando anécdotas aisladas una tras otra estaríamos pretendiendo componer una categoría general. Pero en estos casos, pienso que aquí lo que cuenta es la letra pequeña, digamos, en el sentido de que lo que hace que ambas historias sean significativas es que tanto los amigos aragoneses del taxista barcelonés como las madres de las chicas que iban de viaje escolar daban por hecho que había -en Zaragoza y Madrid, respectivamente- una antipatía general (y no anecdótica o residual) contra los catalanes que podía volverse muy fea, y con posibilidad de tener consecuencias violentas. Esto me sorprendió como indicativo de un fenómeno más amplio que era tan desagradable como -en ciertas circunstancias- explosivo en potencia. De hecho, cuando más adelante hice un poco de investigación sobre los prejuicios anticatalanes en España, me encontré con esta observación del historiador español José Antonio Maravall: “Hablar de algo catalán, o hablar en catalán, en un café en Madrid o alguna otra gran ciudad española, expone automáticamente el hablante a una reacción hostil”. No escribía sobre la España de 2006, sino de la de 1931. ¿Y qué pasaba en 1931? Los catalanes negociaban su primer Estatuto de Autonomía con el gobierno central. ¿Y qué hacían en 2006, cuando el taxista y la madre del adolescente nos llaman para contar estas historias de anticatalanismo? Pues como decíamos antes, negociaban su tercer Estatuto de Autonomía. ¿O sea que eso, pensé, es la clave de todo? ¿Son justamente los estatutos de autonomía lo que fomenta el anticatalanismo en España en momentos concretos de la historia? ¿O ya existía antes? ¿Se manifiesta también cuando no hay ningún estatuto de autonomía en el horizonte?

En España, cualquier controversia relacionada con Cataluña -o, dicho sea de paso, con el País Vasco- es campo abonado para todo tipo de manipulaciones periodísticas y políticas de la terminología clave. Se hace difícil abordar el tema sin pisar minas semánticas ocultas. O sea que antes de continuar, habría que clarificar tres términos clave. Primero, Cataluña. “Cataluña”, en esta charla, hace referencia sólo al Principado de Cataluña, capital Barcelona, ​​y no incluye las otras áreas catalanohablantes con la que todavía mantiene conexiones culturales, es decir Valencia, las Islas Baleares, parte del este de Aragón , la Cataluña francesa, la ciudad de Alguer o Alghero, el Estado de Andorra y una pequeña franja del norte de Murcia. Hoy no hablamos de ninguna de estas regiones. Segundo, los catalanes. “Los catalanes” hace referencia aquí a todos los residentes empadronados en Cataluña, sin tener en cuenta de dónde vienen, de dónde vienen sus padres, el color de su piel o la lengua que prefieren hablar. Y para terminar, la España monolingüe. “España monolingüe” lo usaremos aquí para identificar las áreas del territorio español donde el castellano o español es el único idioma oficial, que son habitadas por unos 25 millones de personas de un total de población española de poco más de 40 millones. Los 15 millones restantes viven en áreas donde el vasco, el gallego o el catalán son cooficiales con el español … Muy bien, pues ahora que ya hemos aclarado todo esto, podemos continuar.

Cualquier persona que viva en Cataluña difícilmente puede evitar darse cuenta, tarde o temprano, que la cosmogonía de los catalanes -es decir, su percepción de quiénes son y de dónde vienen- es sensiblemente distinta a la de los habitantes de la España monolingüe. Mientras los libros de historia de estos ponen Castilla y la hegemonía castellana en el centro de su historia, la de los catalanes explica la lenta pero continuada pérdida del estado de gracia histórico. Dado que esta óptica catalana es poco conocida, y dado que sin conocerla es imposible ni siquiera empezar a entender la existencia del anticatalanismo en España, os haré ahora una descripción, tan breve como pueda, de cómo la mayoría de catalanes mínimamente bien informados ven su propia historia.

Para los catalanes, la famosa reconquista cristiana de la Península iniciada alrededor del siglo X, fue lograda no sólo por galaico-portugueses abriéndose paso hacia el sur por la franja occidental y los castellanos haciendo lo mismo por el centro; también los condes catalanes, más tarde condes-reyes, fueron arrancando el control de la franja nororiental de la Península de las manos de los árabes o bereberes, hasta que en 1245 habían conquistado Tarragona y Lleida, pero también Valencia y las Islas Baleares, para el cristianismo y también naturalmente para ellos mismos. Los sucesivos condes-reyes usaron este territorio eminentemente costero como una base para crear el siglo XIV un imperio comercial, con dominio militar directo sobre Cerdeña, Sicilia, Nápoles, y un trozo de Anatolia y Grecia, Atenas incluida … El conde-rey Pere III, conmovido al ser el soberano del Partenón, mandó en 1380 que una docena de ballesteros lo protegieran de forma permanente contra los ladrones.

Toda esta aventura militar fue de la mano de la aparición de uno de los corpus legislativos protodemocráticos más precoces de Europa, siempre según la perspectiva catalana. El código civil conocido como los Usatges, que se empezó a crear en el siglo XII, abrió el camino de las Cortes catalanas, una especie de precursor de un Parlamento en el que los nobles, los eclesiásticos y hasta los artesanos, la protoburgesia en cierto sentido, estaban incluidos . (La famosa Magna Carta inglesa, sucesora histórica de los Usatges, no apareció en la escena europea hasta un siglo más tarde). Esta protodemocràcia catalana eventualmente se convirtió en uno de los puntos principales de discordia entre castellanos y catalanes: el rey de estos debía ser ratificado por las Cortes antes de sentarse en el trono; en cambio, el rey castellano, de tradición real absolutista, esto no le era necesario.

Si nuestro catalán imaginario fuera un poco más cultivado de lo habitual, llegados a este punto se moriría de ganas de citar el famoso análisis del historiador francés Pierre Vilar: “Quizás, entre 1250 y 1350, el Principado de Cataluña es el país de Europa que sería menos inexacto, menos arriesgado, describir de forma aparentemente anacrónica como un Estado-Nación”. Y si nuestro catalán fuera un tipo apasionado, también añadiría como quien no quiere la cosa que en la época a que se refiere la afirmación de Pierre Vilar, la bandera que representaba Cataluña es la misma que todavía hoy la representa. Mientras que la bandera española, subrayaría satisfecho, fue inventada por decreto el 25 de mayo de 1785.

Ahora bien, después de eso incluso el catalán más gallito no tendrá más remedio que admitir que, a partir de ahí, todo se derrumba. Empezando por la unión dinástica entre la reina Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, Valencia y Barcelona. Pero advertirá, esto no significó la unión de España -como afirma el mito nacionalista español- porque el reino catalano-aragonés mantuvo su sistema legal, de impuestos, moneda, estructura parlamentaria y también tarifas aduaneras en las fronteras con Castilla …

Pero no hay duda de que a partir de este momento el poder se fue trasladando poco a poco de Barcelona hacia el centro de la Península. En 1518, a los mercaderes catalanes se les prohibió comerciar con la América recién descubierta. En 1652, después de una década de revuelta popular contra la interferencia castellana en los asuntos catalanes -paralela a los conflictos entre parlamentarismo y absolutismo que había en toda Europa, y notablemente en Inglaterra- Cataluña logró mantener su independencia política, pero perdió una parte importante de su territorio -Perpiñán incluido- a manos de sus supuestos aliados, los franceses.

Ahora bien, esto no es nada comparado con lo que pasó en 1714, fecha clave de la historia moderna catalana, cuando el país perdió la guerra contra la dinastía borbónica y fue incorporada por la fuerza de las armas a un Estado español embrionario. Que, recordemos, aún no tenía ni bandera propia, pero sí un monarca absolutista enfadado, Felipe V, que usó su Derecho de Conquista para justificar la subsiguiente eliminación de la independencia financiera, la moneda y la legislación propias de Cataluña – pero no de entrada el Derecho Civil catalán, cuestión sobre la que volveremos más adelante- y todas las instituciones catalanas, incluidas las ocho universidades y el derecho histórico a ratificar al rey, y la presencia de la lengua catalana en algunos contextos. Y no se detuvo ahí: un barrio entero de Barcelona fue derribado para construir una enorme ciudadela, donde hoy está el Parque de la Ciutadella, para alojar una parte de los 30.000 soldados castellanos que fueron desplegados en Cataluña para asegurar su sumisión. Incluso los ingleses -entonces aliados militares de los catalanes, al menos sobre el papel- eran conscientes de que se estaba demoliendo un país independiente. Precisamente en Londres en 1714 aparece un folleto que lleva por título “Considerando el caso de los catalanes”, en el que el autor afirma: “Habría que aclarar que el Principado de Cataluña, antes de caer bajo el yugo de la Corona española, […] siempre ha sido gobernado por sus leyes, con independencia de ningún otro reino. Hasta la fecha, estas leyes han sido respetadas y cualquier intento de manosearlas ha terminado en el levantamiento en armas del pueblo”

Más tarde, en el siglo XIX, hubo un resurgimiento de la cultura catalana que, con la conjunción de otras circunstancias, propició la aparición del catalanismo político que eventualmente llevó a la recuperación -después de 218 años de supresión- de la principal institución de gobierno, la Generalitat, y del establecimiento de un Estatuto de Autonomía (1932) por el que se recuperó una pequeña parte del autogobierno perdido en 1714. Pero claro, tanto la Generalitat como el Estatuto fueron suprimidos siete años después por el conocido dictador fascista Francisco Franco Bahamonde, que mandó de 1939 a 1975. Cuatro años después de la muerte de Franco, en 1979, se negoció un nuevo Estatuto de Autonomía bajo la atenta supervisión de los militares, y más tarde un tercero, diseñado para mejorar las insuficiencias que las circunstancias habían impuesto en el segundo, fue aprobado de forma casi unánime por el Parlamento catalán en 2006, pero fue impugnado por el conservador Partido Popular y el Defensor del Pueblo español (socialista) y así ahora lo tienen guardado en el congelador del Tribunal Constitucional español.

Aquí tenemos, pues, en breve, la versión catalana de la historia. Que guste o no, da igual. El hecho es que esta es la manera de ver el pasado colectivo que tienen la mayoría de los catalanes razonablemente bien informados.

Desde el punto de vista castellano, la conquista militar del Principado de Cataluña en 1714, y las docenas de medidas que se tomaron después para poner Cataluña a raya con las leyes y el idioma de Castilla, son simplemente parte de lo que se considera un proceso de construcción nacional de la época. Era y es, siempre desde el punto de vista español, algo absolutamente normal, que se da por decontado. En cambio, lo que los catalanes de 1714 más resentían era la pérdida de su sistema legal y de las instituciones, ahora desaparecidas de una sola sacudida. Desde su punto de vista, esto constituía una pérdida total de la independencia política que no era legítima y nunca sería legítima. Aparecieron pintadas en las calles de Barcelona que decían: “Toda Cataluña es habitáculo de prisión”. Aún hoy para muchos catalanes, lo que ellos entienden como una forzada pertenencia al proyecto nacional castellano-español, no es legítima

Es durante este período posterior a 1714, y especialmente durante el siglo XIX, que empiezan a aparecer los prejuicios anticatalanes modernos que hoy vivimos. Fijémonos en el idioma, por ejemplo. Aun que el informe preliminar de un funcionario español llamado Batio afirmaba poco después de 1714 que los catalanes -y cito- “hablan y escriben sólo en catalán, sin usar demasiado el castellano”, las nuevas leyes impuestas por el régimen español insistían que el español o el latin eran los únicos idiomas a usar en los juzgados, en lugar del catalán como había sido costumbre hasta entonces. También se establecieron guías para prohibir el catalán en la enseñanza escolar, en la edición de libros y en la prédica, actividad muy extendida entonces cuando casi todo el mundo creía en Dios

Habría que señalar que estos decretos resultaron de muy difícil aplicación al principio. Y quizás por ello fueron necesarias medidas decimonónicas para limitar el uso del catalán, que se fueron multiplicando hasta llegar a un extremo casi frenético a finales de siglo. En 1881, cualquier tipo de documento en catalán -desde un testamento a un billete de tranvía- fue declarado nulo de pleno derecho. La prohibición del catalán en los juzgados se hizo más estricta, a menudo con consecuencias desastrosas para los demandantes monolingües: en 1905 el diputado por Tarragona Julián Nogués explicó en el Parlamento español el caso de un catalán que había sido encarcelado 14 años enteros para responder “sí” en lugar de “no” a la pregunta de un juez español que no había entendido bien. En 1896 se prohibió hablar catalán en todo tipo de encuentros, tanto en la calle como puertas adentro. El mismo año se proscribió el uso del catalán en conversaciones telefónicas y en telegramas. En 1900, fue prohibido en los teatros. Más tarde, la dictadura de Primo de Rivera, que duró siete años a partir de 1923, envió inspectores para despedir de forma fulminante cualquier profesor de escuela a quien pillaran hablando en catalán a los alumnos. Todos los carteles y rótulos de todo tipo debían estar sólo en castellano. Se obligó a los serenos a cantar las horas en castellano en lugar de catalán. A estas alturas, 1929, ya había unas 150 leyes diseñadas para aumentar o imponer el uso del castellano en Cataluña. Y al general Franco todavía no le hemos visto ni las orejas …

La tozudez de los catalanes de seguir usando su lengua a pesar de todo esto -conocido es el episodio protagonizado por el arquitecto Antoni Gaudí en 1924 con un policía airado que lo acabó arrestando porque, como el venerable prohombre se le dirigía en catalán, el agente le preguntó si no sabía hablar castellano: “Claro que sé, pero no me apetece hablarlo!” Fue la respuesta del arquitecto- pues esa terquedad, decía, ha llevado a los españoles monolingües a creer, todavía hoy, que los catalanes usan su lengua no sólo como señal de falta de respeto hacia los castellanohablantes y por extensión con la nación española entera, sino también como estrategia para eliminar el uso del castellano en Cataluña. Ya en 1916, un diputado español de las Cortes españolas, Eduardo Ortega y Gasset -hermano del famoso José- declaró: “No se trata tanto de perseguir el catalán en Cataluña, se trata más bien de evitar la persecución del español”. Entonces, la inmensa mayoría de los catalanes o bien eran monolingües catalanohablantes o bien tenían un conocimiento muy imperfecto del castellano. Hoy en día, y ya es curioso, a pesar de que todos los catalanes saben castellano, de vez en cuando surgen grupúsculos de políticos e intelectuales españoles que todavía insisten en proclamar que en Cataluña se persigue el castellano. Un Manifiesto por la lengua común difundido este mismo mes de junio, repetía la misma acusación. Y aunque sus redactores pretendían un conocimiento íntimo, casi sexual, del estado de la cuestión en Cataluña, sólo tres de los diecisiete firmantes viven allí de hecho, mientras que la mayoría están en la España monolingüe, otro en el País Vasco, y otro, en Londres. O sea que aquí tenemos uno de los orígenes de los prejuicios anticatalanes: no tanto el idioma en sí, como la terquedad de un gran número de catalanes a usarlo como lengua por defecto en Cataluña. A pesar de haber sido regañados durante tanto tiempo con severas admoniciones de que esto está muy mal hecho.

La última cosa de la que quería hablar aquí en la London School of Economics es de economía -un tema que entiendo aún menos que, pongamos, la teoría de cuerdas bosónica- pero para poder entender el crucial segundo origen de la antipatía hacia Cataluña en España, debemos abordar el delicado tema del dinero. Después de todo, el catalán estereotípado -a ojos de los españoles monolingües, no todos claro- no sólo ladra como un perro, sino que además es tacaño, de puño cerrado, avaro, ladrón e incluso -y esta acusación viene de 1907, de un artículo de Pío Baroja en el diario El Mundo -un judío (“Todo en Cataluña,” escribió, “tiene un marcado carácter semítico”).

El verano pasado, ciento y un años más tarde, un catalán amigo residente en Londres escuchó en una charla en el Instituto Cervantes que unos españoles de entre el público describían a los catalanes como “un grupo de judíos”. La supuesta tacañería de los catalanes ha sido reflejada en una serie de chistes populares, los más elaborados de los cuales -como también ocurre con el humor judío- son explicados por los mismos aludidos. Los de la España monolingüe tienden a ser más cortos y al mismo tiempo más obtusos. El más corto que conozco, y que oí personalmente, hace: (chiste sobre el catalán muerto, contado con el pulgar y el dedo índice)

Como ya se ha dicho antes la ley civil catalana pudo seguir vigente varias décadas después de la derrota militar de 1714. El Derecho Civil catalán favorecía y fomentaba la tendencia existente en Cataluña hacia el minifundio, el comercio y el principio de la inversión del capital. Cuando, en 1778, se permitió a los catalanes comerciar con las Américas, estos se dedicaron a ello con ahínco, comerciando principalmente con licores – el aguardiente catalán era uno de los productos principales del país- y con azúcar, café y, en buena medida, también esclavos. La riqueza que los comerciantes reinyectaban en la economía catalana abrió el camino de la primera revolución industrial de la costa mediterránea. A principios del siglo XIX, este desarrollo ya empezaba a causar fricciones entre Cataluña, con una economía capitalista basada sobre todo en la producción textil, y la España central y del sur, con una economía principalmente agraria, los beneficios de la cual iban a parar a un grupo reducido de terratenientes con bastante influencia en Madrid, tanto en la corte como en el Parlamento. El lobby de los empresarios catalanes presionó al Gobierno central para la instauración de leyes proteccionistas que favorecieran la creación de un mercado interno español. Los terratenientes, los productos agrícolas de los cuales ya tenían de hecho un mercado protegido, se opusieron a estas iniciativas proteccionistas, aunque habrían favorecido a los industriales de toda España, no sólo a los catalanes

Este conflicto económico -entre las clases propietarias de Cataluña y las de la España monolingüe respectivamente- propició una tergiversación sorprendente de los hechos: los catalanes empezaron a ser acusados de ser los ahogapobres de Castilla y Andalucía. Aunque estudios económicos de principios del siglo XX mostraban claramente que Cataluña, con más o menos el 10% de la población, contribuía hasta el 25% del presupuesto total español, y recibía tan sólo el 6% de retorno en inversión pública. Hoy -con un déficit anual medio del 9%- Cataluña es una de las regiones con más impuestos y con menos inversión pública de Europa. Y a pesar de todo, la sospecha de que los catalanes no sólo atan a los perros con longanizas sino que además niegan el apoyo financiero a otras regiones se ha ido extendiendo más y más. En 1915, cuando los catalanes pidieron dinero para infraestructuras locales, el diario El Imparcial, muy leído en Madrid, describió a las autoridades catalanas como “parásitos financieros que se alimentan a expensas del Estado”. Y 86 años después, cuando el Gobierno catalán presionaba para conseguir el traspaso del 15% del impuesto sobre la renta, el entonces presidente de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, se hizo con los titulares con el comentario: “Sólo porque los catalanes tengan dos lenguas, no quiere decir que tengan que comer el doble que los otros!” Aún hoy, persiste el mito de que Cataluña recibe más dinero de Madrid de lo que le correspondería, y cualquier intento de conseguir más es visto como una señal de avaricia.

Con esta combinación de ataques legales contra la lengua catalana y un régimen impositivo tan doloso, a los catalanes tarde o temprano se les tenían que acabar hinchando las narices. Ahora bien, las primeras reacciones políticas fueron de hecho bien moderadas. Cualquiera que hoy hurgue dentro de los textos fundacionales del catalanismo, la mayoría de finales del siglo XIX, se podría sorprender al comprobar que no muestran ningún interés por la independencia. El teórico republicano Valentí Almirall, por ejemplo, optaba en su escrito de 1886 por un estatus federal en una España liberal. El obispo Torras y Bages, en su monumental, contundente y altamente selectivo compendio de historia y cultura catalana, “La tradición catalana”  -infligido a los lectores en 1892- propugna una región catalana conservadora, con una cierta fragancia rancia de sotanas apolilladas. Por otra parte, el ensayo más popular de Enric Prat de la Riba, “La nacionalidad catalana” (1906), defendía lo que hoy en día tiene Cataluña: un gobierno parcialmente autónomo supervisado por el Estado español.

Pero desde el principio, los medios y políticos españoles trataron a todos los catalanistas de separatistas. En 1901, el diputado liberal Luis de Armiñan planteó en el Parlamento una cuestión: “¿Podría Polonia ser el modelo de los catalanistas?”, En un momento en que la lucha de los polacos por la independencia era bien conocida. Y aún hoy, el insulto más habitual para un catalán es polaco, y si alguien tiene duda, puede consultar la primera o segunda edición del diccionario Collins Master Spanish-English, en la que encontrará que la segunda definición de polaco es Catalán, y entre paréntesis se aclara: “peyorativo”

Este separatismo percibido hizo saltar las alarmas, más que en ningún otro estamento de la España monolingüe, en el ejército español, la paranoia catalanofóbica del cual había comportado, como señala el historiador Jaume Vicens Vives, que “la ley marcial fue impuesta en Cataluña durante 60 de los 86 años que van de 1814 a 1900 “. Pero lo peor estaba por llegar. En 1909, una banda de oficiales descontrolados asaltó i destruyó las redacciones de dos publicaciones en lengua catalana de Barcelona, poco después que un periódico militar declarara: “Hay que castellanizar Catalunya… es necesario que allí la gente hable español, piense en español i se comporte como española, tanto si quiere como si no.”

Y hablar de militares nos lleva a las dos dictaduras fascistas españolas del siglo XX. Ya hemos comentado los abusos lingüísticos del régimen de siete años de Primo de Rivera, que también prohibió la bandera catalana y una danza nacional, la sardana. Ahora bien, con Franco -que entró en Barcelona en 1939– se llegó a límites absolutos. Incluso los catalanes que se pasaron a su bando durante la Guerra no lo tuvieron fácil: un fascista catalán fue multado en 1938 por hablar en catalán por teléfono en un hotel de Sevilla.

Una vez Franco y sus camaradas entraron a sangre y fuego en Cataluña, instalaron lo que se podría llamar un régimen de terror cultural y lingüístico -así como de terror del tipo más común- diseñado para eliminar hasta el último vestigio del universo cultural catalán. Todas las instituciones catalanas fueron abolidas -nuevamente- siguiendo el patrón borbónico de 1714. Lluís Companys, el presidente catalán elegido democráticamente y en el exilio en París, fue entregado a Franco por las fuerzas de ocupación nazis en 1940, y fusilado. La casa del más famoso filólogo catalán, Pompeu Fabra, fue saqueada y su biblioteca quemada en la calle. Todas y cada una de miles de organizaciones cívicas de todo tipo que habían prosperado durante la República, desde clubes de baloncesto vecinales a la Asociación Catalana de Ciegos, fueron obligadas a castellanizar el nombre, los estatutos, los carnés de socio y las reuniones. El catalán fue prohibido en todas las publicaciones, todos los medios y en todo ámbito público. En 1955, la embajada española en Londres incluso logró convencer a la BBC, con el apoyo entusiasta del prestigioso exiliado republicano antifranquista Salvador de Madariaga, que suprimiera sus emisiones quincenales de onda corta en catalán

Y no fue ésta, como alguna vez se ha aducido, una situación que durara tan sólo durante una primera y más violenta media década del régimen de Franco, sino que se prolongó hasta el último suspiro del general. En 1960, cuando un grupo de católicos catalanistas moderados interrumpió un concierto en el Palau de la Música de Barcelona con una canción patriótica, tuvieron que escuchar de los policías que más tarde los apaleaban en las celdas de comisaría los siguientes comentarios documentados: “Lo que Hitler hizo a los judíos no fue nada comparado con lo que nosotros haremos con los catalanes”; “Dentro de un año seréis nuestros esclavos, nos estareis lamiendo las botas!”,”Vosotros los catalanes sois menos que la mierda!”. Y ojo, que conste que éstos a quienes estaban zurrando eran cristianos catalanistas moderados! Los detenidos que insistían en hablar catalán ante los jueces, como el filólogo Jordi Carbonell, eran recluidos en instituciones psiquiátricas. Las mujeres de la clandestina ERC, los miembros de la cual se negaban a ser españoles, a menudo eran violadas durante el arresto, como explicaron dos víctimas a un amigo común.

De todo este periodo, sin embargo, nada me hizo entender personalmente lo salvaje que llegó a ser el clima anticatalán del franquismo como la historia verídica que me contó un hombre a quien compré una mesa, hace diez años en el barrio de Sant Antoni de Barcelona. En 1966, cuando tenía ocho años y todavía vivía en el pueblo, los padres lo enviaron al Ayuntamiento a recoger un impreso. Al entrar en el vestíbulo, dijo “Bon dia” sin pensarlo, en lugar del” Buenos días” español. El hombre tras el mostrador se levantó y salió, y sin decir palabra le dio un cachete que le hizo caer de culo al suelo. Cualquier inglés que pueda imaginar a un niño de 8 años abofeteado por un funcionario público por decir “Buenos días” en Bristol o Birmingham, pongamos por caso, podrá hacerse una idea de lo que significaba ser catalanohablante en Cataluña durante buena parte de la segunda mitad del siglo veinte …

Con la llegada de la democracia, lejos de ganarse la simpatía de la opinión pública española por haber sufrido casi una extirpación quirúrgica de su cultura, una encuesta encargada en 1977 por el entonces presidente español Adolfo Suárez, indicaba que Cataluña era la región de España menos apreciada en Madrid y las dos castillas, en Andalucía, Galicia, Extremadura, Asturias, Murcia, Aragón y las Islas Canarias. Sólo en Valencia, las Islas Baleares, Navarra y el País Vasco, los catalanes conseguían escapar del último lugar de la lista. Desde entonces, la antipatía hacia los catalanes ha demostrado estar tan profundamente arraigada en la España monolingüe que el historiador catalán Josep Maria Solé y Sabaté dijo en una entrevista reciente, y cito sus palabras exactas: “De la misma manera que en Austria, antes de la Segunda Guerra Mundial, no se podía ser plenamente austriaco sin ser algo antisemita, también hoy en España no se puede ser cien por cien español sin ser al menos un poco anticatalán”

Hemos visto al principio como el prejuicio anticatalán, fomentado abiertamente en algunos medios españoles y por algunos políticos españoles, conlleva acosos, abusos verbales, y cosas por el estilo. Pero de vez en cuando toma una forma más seria, y no hay mejor ejemplo de esto que el extraordinario e inverosímil caso de Eric Bertran. En 2004, Eric Bertran era un chico de 14 años que vivía en Lloret de Mar, un pueblo turístico de la Costa Brava. Entusiasta de Harry Potter, Eric tenía una página web llamada “El Ejército del Fénix”, nombre inspirado en la Orden del Fénix de J.K. Rowling. El 24 de septiembre, Eric envió un correo electrónico a dos cadenas de supermercados y a un productor de lácteos, exigiendo que incluyeran el catalán en el etiquetado de sus productos y sugiriendo que su organización del Fénix les haría la vida más difícil si no lo hacían. Lo que quería decir con eso, como explicó en un correo posterior, era que él y otros tres adolescentes que formaban el Ejército del Fénix colapsarían el servicio de atención al cliente de estas compañías con una avalancha de correos electrónicos.

El 30 de septiembre, justo antes de las 11 de la noche, veinte guardias civiles con uniforme de combate y con armas automáticas irrumpieron en la casa de Eric, registraron su cuarto y se llevaron su ordenador y el del su hermano. Se identificaron como miembros de una brigada antiterrorista que había sido enviada desde Madrid ese mismo día. Resultó que una de las cadenas de supermercados en las que Eric había enviado correos le había denunciado a la policía pensando que el Ejército del Fénix era una organización de guerrilla urbana, una sospecha que aparentemente compartía la división de inteligencia de la Guardia Civil. Quince días más tarde, durante los cuales Eric sufrió varios ataques de pánico y tuvo que recibir tratamiento, fue citado a declarar a Madrid ante la fiscalía.

El 15 de diciembre, en un episodio casi delirante, la fiscal -que en un resbalón admitió que no había leído el correo original que había causado todo el alboroto- declaró a Eric mentalmente inestable porque tenía fotografías de quema de banderas españolas en su sitio web (al día siguiente fue obligado a ver a un psicólogo forense), y después de discutir con él sobre su identidad nacional, lo amenazó gritando “Di que eres español, o te meto en la cárcel!”

Un año más tarde, en marzo de 2005, la cadena de supermercados retiró la denuncia, después de meses con el servidor colapsado por ciberactivistas catalanes enfurecidos. El fondo de toda esta cuestión es que un episodio como éste habría sido inimaginable en cualquier otra parte de España que no fuera Cataluña, con la muy probable excepción del País Vasco. Un chico de 14 años de Cantabria o Canarias, pongamos por caso, que enviara un correo electrónico gruñón a una compañía para convencerlos de etiquetar todos sus productos en castellano no habría recibido, podemos contar, una visita de una unidad antiterrorista de Madrid.

Así pues, ¿qué situación estamos viviendo ahora, nosotros los residentes en Cataluña? Bien: el boicot a todos los productos catalanes que se inició en 2006 -la época en que se negociaba el Estatuto de Autonomía- aunque es seguido por una importante minoría de la España monolingüe (en Madrid, un 21% de ciudadanos confirmaron recientemente que seguían sin comprar catalán). El déficit público de 20.000 millones de euros anuales, combinado con la llegada de un millón doscientos mil nuevos ciudadanos en los últimos diez años, añadidos a una población original de 6 millones, ha incrementado de forma notable la presión sobre escuelas y hospitales. Campañas mediáticas generadas fuera de Cataluña, tachando a los catalanes de abusadores lingüísticos y destructores del idioma español en Cataluña, siguen dándonos la misma murga de siempre, a pesar de que en septiembre de este año un estudio oficial de la Unión Europea no sólo dictaminó que no se persigue el castellano en Cataluña, sino que también recomendó que el sistema de inmersión lingüística empleado en las escuelas públicas catalanas fuera adoptado por otras comunidades bilingües de Europa.

En resumen, los catalanes se están hartando de una situación que ya ha durado demasiado, demasiado tiempo. De los aproximadamente seis millones de ciudadanos que tienen derecho a voto, más de dos millones ya quieren la independencia sin rodeos, y otros dos millones se declaran indecisos. Incluso nosotros, los extranjeros sin derecho a voto, hemos sido encuestados. Una mayoría de latinoamericanos, parece, preferirían quedarse en España, mientras que los europeos del este, por ejemplo, están mayoritariamente a favor de la secesión. Como lo está también al menos un inglés residente desde hace tiempo … Más aún cuando menos de un 40% de la población española apoya una intervención armada en caso de que Cataluña y el País Vasco levantaran la mano para decir adiós.

Y antes de que alguien pueda decir, “Eh, ¿y a ti que más te da? Con tu pasaporte británico y tu lengua inglesa universal, ¿por qué tendrías que preocuparte por esta trifulca en un rincón costero del continente?”, me gustaría terminar diciendo que mi interés en este asunto es más personal que no político, ya que una de las áreas en las que el anticatalanismo es más virulento es el mundo literario. Miremos este libro, por ejemplo, “El último patriarca”, de Najat El Hachmi. Najat El Hachmi vino de Marruecos a vivir a Cataluña a los ocho años. Veinte años más tarde, en enero de este año, con esta novela ganó el premio literario más prestigioso y mejor remunerado en lengua catalana, el Ramon Llull. A pesar de este logro único, cuando se estaba preparando la traducción española, Najat recibió una enorme presión porque la frase “Traducido del catalán” fuera eliminada de la portadilla, ya que esto perjudicaría mucho las ventas en la España monolingüe. Efectivamente, el mundo literario esta lleno de casos como este, del supuesto secreto que los lectores de la España monolingüe tienden a despreciar el producto de los escritores en lengua catalana. A uno de los más exitosos, el valenciano Ferran Torrent, le ofrecieron un contrato bien jugoso para la versión castellana de uno de sus libros, pero el editor sólo pueso una condición, sólo una: que el nombre de pila de Torrent fuera cambiado a Fernando para que así la gente pensara que era un español monolingüe

Yo nunca había sido consciente de hasta qué punto las cosas son así, hasta que yo mismo me encontré en una situación parecida. He aquí el original en catalán de una novela publicada en 2001, Privilegiado. La reseña biográfica de la solapa es muy normal: Aprendió catalán por su cuenta en 1979, ha publicado esto y aquello (títulos en catalán mencionados), ha participado en estas antologías, que si patatim, que si patatam, y colabora en este y el otro diario y en esta y la otra radio (nombres de medios catalanes mencionados). De acuerdo. Ahora veamos la versión castellana: Nacido en Londres, escritor, colabora en diarios y emisoras de radio. Vive en Barcelona desde 1984. Punto. Ni una sola alusión a que entonces ya había publicado tres libros en catalán, cuentos en otras cinco publicaciones, y trabajado en los medios catalanes. Nada. Ni una sola mención de la temida palabra gruesa que comienza con “C”

Y he aquí precisamente el fondo del problema. Tan sólo el hecho de vivir y formar parte del universo catalán, aunque sea de forma modesta, ya es visto por sí solo como algo intrascendente, o indeseable, o políticamente incorrecto, o de muy mal gusto, o incluso jodidamente horrible, en la España monolingüe. Y sin embargo, en Cataluña no dejan de bombardearnos con el recordatorio, a menudo reforzado con algún comentario burlesco, que formamos parte de España y que por tanto deberíamos comportarnos de una forma más española.

Y yo os digo que es ésta una situación insostenible, que tarde o temprano tendrá por consecuencia el tipo de noticia que da la vuelta al mundo -al menos por un día- porque implica hacer un nuevo sitio en la mesa de las Naciones Unidas. Lo que estoy seguro de que todo el mundo desea -e incluyo la inmensa mayoría de los habitantes de la España monolingüe- es que en las fotografías de portada no haya escenas violentas, ni tanques retumbando -ni cadáveres- por las calles de Barcelona.

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