El catalán ni en el cementerio

por Administrador

Artículo publicado en La Vanguardia (13/5/2001) después de unas polémicas declaraciones de la ministra de educación Pilar del Castillo en las que afirmaba que “habría que ver cuándo se ha prohibido hablar una lengua en España”

catalancementerio

Se preguntaba el pasado fin de semana la ministra Pilar del Castillo en unas polémicas declaraciones que ella misma rectificó el viernes a través de “La Vanguardia”, con qué intensidad se quiso imponer en Cataluña la lengua castellana tras la Guerra Civil.

La historiografía demuestra la evidencia de una organizada, sistemática y dura represión lingüística que corrió paralela, en Cataluña,Valencia y Baleares, a una cruel represión política, social y cultural que durante cuarenta años practicó el régimen de Franco. Junto a las leyes de Rebelión Militar, de Responsabilidades Políticas y de Represión del Bandidaje y del Terrorismo que provocaron una oleada de ejecuciones, sentencias de prisión, deportaciones y depuraciones, sobre todo en la España que permaneció fiel a la República, tras la entrada de las tropas de Franco en Cataluña se llevó a cabo una dura represión anticatalanista y anticatalana que afectó a la lengua. Una represión que no sólo incluía a la sociedad y a sus instituciones, sino directamente a las personas sin otro “delito” que el de hablar en catalán, y que está reconocida por intelectuales no catalanes como Aleixandre, Vivanco, Ridruejo, Rosales, Panero, Laín o Tovar, algunos de los cuales participaron en aquella ofensiva en sus inicios.

La represión lingüística alcanzó tal intensidad que incluso se prohibió el catalán en las lápidas de los cementerios y se impuso la sustitución de las que estuvieran en catalán, en las esquelas de los periódicos o en la correspondencia familiar y privada. Al preguntar si alguien murió por hablar en catalán, el historiador Josep M.Solé i Sabaté documenta la muerte de un payés por contestar a una orden en catalán durante la ocupación de Lleida.La información se la dio al historiador Tuñón de Lara, cuando éste se hallaba preso en abril de 1939, el mismo soldado que efectuó los disparos, quien dijo hallarse muy abatido por aquel trágico hecho.

Hay otras historias no documentadas de víctimas que se pueden atribuir, como la del citado campesino, al fragor de la guerra y sus terribles consecuencias.Es muy conocido el caso de una señora de la burguesía barcelonesa que acudió, acompañada de unos familiares, a la misa de campaña oficiada en la plaza de Cataluña el 5 de marzo de 1939. Ante unos jóvenes vestidos de falangista la señora exclamó: “Fa goig aquesta canalla” (que puede traducirse con un “qué prestancia la de estos chicos”). Inmediatamente, la señora fue derribada a golpes y detenida por insultos. Los que la rodeaban habían oído la palabra “canalla” y era suficiente.

Las razones

¿Por qué este furor anticatalán que llevó a hacer sospechoso llamarse Jorge, Montserrat o Nuria o a prohibirse (1939) la representación de una obra tan ingenua como “Els pastorets”, o que en el año 1968, casi treinta años después, el entonces director general de Cultura Popular y Espectáculos, Robles Piquer, ante una petición de Miquel Porter Moix, contestara que “de cine catalán, nada de nada”?

La respuesta la daba precisamente, Antonio Tovar en una conferencia pronunciada en Barcelona en septiembre de 1939, donde argumentó que “aparece ya en el horizonte un nuevo orden que tiene mucho de antiguo y que, como aquél, se funda en el principio de que hay pueblos hechos para mandar y pueblos hechos para obedecer (…) Los españoles tenemos la fortuna de pertenecer a un pueblo hecho para mandar”. Además, existía un enorme rechazo, que venía de siglos, contra el “hecho diferencial”. Por esa razón “ABC” de Sevilla se preguntaba: “¿Por qué marcar con signos de diferenciación, que pueden parecer de disidencia, la accidentalidad de haber nacido en un pedazo u otro de esta tierra española?”.

Para el gobernador militar de San Sebastián, “uno de los mejores medios de demostrar esa compenetración de cariño y de ideas es emplear el idioma común” para añadir: “Espero del patriotismo de todos contribuyan a ello, sin que tenga que corregir resistencia alguna”. Aunque hubo dialectos y dialectos. Cuando el obispo de Vic, Joan Perelló, escribe al comandante militar de la plaza (junio de 1939) en apoyo de un cura que fue multado por rezar el avemaría en catalán, le recuerda que “el Generalísimo en su reciente visita al Ferrol habló en gallego a los suyos”. Para el franquismo, se trataba de “reespañolizar Cataluña”, en palabras del gobernador civil de Barcelona, González Oliveros, porque “vino aquí a vencer, y no a convencer, a los enemigos de España”.

La represión está muy documentada. Los estudios de Josep Benet, del ya citado Solé i Sabaté, de Carme Molinero y Pere Ysàs, de Borja de Riquer y Joan B.Culla, de Carles Santacana o de Ferrer i Gironès, entre otros, ilustran exhaustivamente hasta qué punto fue intensa aquella imposición del castellano. Ahí están hechos documentados, algunos tan sorprendentes como la multa de 250 pesetas de la época (ahora serían unas 250.000 pesetas) impuesta a Joaquim Rivera Barnola, en 1937, por “una conferencia telefónica desde el hotel Europa de San Sebastián en dialecto catalán”, u otros tan patéticos como el “fusilamiento” de una lápida en catalán por las tropas franquistas en Lleida.

Un paradigma de aquella represión es la orden del gobierno militar de Valencia para vigilar las calles mediante comandos de cuatro “guardias cívicos” cada uno. Cita Solé i Sabaté textualmente que “no deben ir reunidos, sino escalonados”, convenientemente identificados con una chapa bajo la solapa. “El primero, al oír en la calle, terrazas de cafés, etc., conversaciones en idioma o dialecto diferente al castellano, llamará cortésmente la atención a los infractores y continuará su camino si fuere atendido.Un segundo señor Guardia Cívico, sin boina reglamentaria, convenientemente camuflado y distanciado del primero, observará con disimulo si la primera advertencia ha sido desatendida y continuará su marcha, haciendo una advertencia o seña directa a los dos últimos señores Guardias Cívicos, que irán también convenientemente distanciados, si continuara la conversación en idioma o dialecto prohibido (…)”, en cuyo caso debían tomar nota de sus documentos de identidad para notificarlo a la superioridad o incluso detenerles “en caso de proferirse con menosprecio o desacato” los interpelados. La persecución de la lengua catalana y la imposición del castellano fue particularmente intensa en la escuela, donde no sólo la docencia sino también las conversaciones privadas debían ser en castellano.

La práctica del anillo

En algunos colegios privados y públicos de Barcelona fue usual la práctica del anillo.El maestro, al empezar la jornada lectiva, imponía un anillo al primer alumno que oyera expresarse en catalán.Éste, a su vez, lo debía entregar al primer compañero al que oyera hablar en aquella lengua materna, y así sucesivamente. Al final de la jornada, el alumno que tuviera en su poder el anillo era castigado.

En otros colegios, como el de la Salle de Sant Celoni, al final de la jornada el maestro pedía a los alumnos que no habían hablado en catalán durante todo el día que levantaran el brazo.Esos alumnos eran premiados con unos vales que, a final de curso, servían para ser recompensados con un regalo.En colegios femeninos se insistía en que hablar en catalán no era “propio de señoritas”, porque su fuerte vocalización “masculiniza la voz”, o se castigaba con “permanencias” a las infractoras. Así sucedió en colegios como el de Loreto, las filipenses y los de Jesús y María.En los jesuitas de Sarrià, el acento catalán de los alumnos era motivo de befa y escarnio por parte de los profesores. La presión era más fuerte en los internados, con alumnos de pueblos para los que la práctica del catalán era la habitual. En los maristas de Lleida, incluso hasta 1965 se censuraban las cartas a los familiares en catalán. En los gabrielistas de Ripollet, entrados los sesenta, se castigaba a los infractores a escribir dos mil veces “no hablaré en catalán”.

Los libros de texto fueron un prodigio de manipulación histórica cuando no de un rancio alegato de españolismo. Por ejemplo, el “Castilla por España y Cataluña roja”, de El Tebib Arrumi, pseudónimo del publicista, médico aragonés y amigo de Franco Ruiz Albéniz, enseñaba a los alumnos “dos casos diametralmente opuestos: el de Castilla y el de Cataluña. La bandera roja y gualda quedó azotando los vientos en el viejo solar del Cid; la bandera de la hoz y el martillo fue izada desde el primer día en la tierra ingrata de los Roger y los Lulio. Castilla, fiel a sus destinos, ahíta de austeridades, mísera en sus yermos y en sus abnegados hombres, no vaciló un momento y se puso al lado de lo tradicional, de lo que le hablaba de sacrificio, pero también de grandeza. Cataluña, rica, orgullosa de su prosperidad, no quiso saber de tales sacrificios, y, siempre envanecida por la potencia de sus hombres y su suelo, se alzó con la anti-España, como se alza en soberbia rebeldía el hijo contra la madre, dando al olvido que todo se lo debe a ella”.

El papel de la Iglesia

La Iglesia estuvo dividida desde un principio respecto al intento de castellanización de Cataluña.Mientras el vicario general de la diócesis de Barcelona ordenaba, el 15 de marzo de 1939, el uso del castellano en todas las parroquias e iglesias, el obispo de La Seu d’Urgell, como varios párrocos, defendía la prédica en catalán.Son numerosas las reconvenciones y llamadas al orden por parte de la “superioridad” a los obispos por prédicas en catalán por parte de curas y párrocos.Asimismo, las revistas religiosas escritas en catalán fueron primero prohibidas y luego perseguidas. También hubo grandes diferencias entre el clero secular, mayoritariamente catalán, y las órdenes religiosas, en cuyas filas figuraban personas procedentes de otras zonas de España, las cuales desconocían la lengua y la cultura catalanas. El cardenal Vidal i Barraquer fue recibido en audiencia por el papa Pío XII, en mayo de 1940, y se quejó de la prohibición oficial de rezar en catalán.

Una de las obsesiones de los ocupantes fue hacer desaparecer el catalán de las calles, premiándose a los delatores. En los historiadores referenciados hay constantes alusiones a las órdenes para la supresión de carteles y rótulos en catalán en los comercios y las sanciones por mantenerlos. El 11 de agosto de 1939 era multado con 250 pesetas el empresario Vicenç Martí por redactar las facturas en catalán; con 150 pesetas Martí Casadesús, por no haber destruido el catalán del membrete de su empresa, o con la fortuna de 10.000 pesetas a la empresa La Saldadora por hacer anuncios en catalán. El primer alcalde franquista de Girona contestaba a un requerimiento de FET y JONS de aquella capital, en septiembre de 1939, que “el letrero en catalán (Escoles Botet y Sisó), que figuraba en el inmueble de la calle de la Rutlla, fue suprimido apenas liberada la ciudad, con pintura que por la mala calidad, seguramente, la lluvia ha dejado nuevamente al descubierto. He dado órdenes para que sea repicado, revocado y blanqueado”. Una excusa, la de la lluvia, que se repetiría en otras muchas ocasiones.

En octubre de 1939, el dueño del cine Euterpe de Sabadell, Tomàs Parcerisas, era multado y el cine clausurado quince días por haber usado brevemente el catalán en un acto celebrado en aquel local. En diciembre era detenido Ramon Gelabert Abancó por vender participaciones de lotería redactadas en catalán y era multado el zapatero remendón Josep Coll por repartir entre sus vecinos de la Travessera de Gràcia un “vale” que rezaba “Rapid Pompeya”. Ese mismo mes, el Ayuntamiento de Santa Coloma de Queralt daba ocho días de plazo a los propietarios de nichos para retirar los “ornatos e inscripciones prohibidas”, como sucedería en la mayoría de las poblaciones catalanas. Meses más tarde era multado un empresario de pompas fúnebres de Granollers por no haber cambiado su rótulo: “Pompes Fúnebres l’Encarnat”.

Es entonces cuando se castellanizan los topónimos de los pueblos, de la cartografía y de las entidades públicas y privadas, que afectaron a establecimientos privados, como el barVersalles, de Vilafranca, que pasó a denominarse “bar España”; la librería Catalònia, “Casa del Libro”; la Companyia Belluguet, “Teatro de losArtistas”; o RàdioAssociació, “Radio España de Barcelona”. También el Palau de la Música Catalana pasó a ser “Palacio de la Música”, “porque la música es universal”, según justificaba “Solidaridad Nacional”, y la Biblioteca de Catalunya se convirtió en “Biblioteca Central”.

Hay anécdotas que parecen chistes o bromas. Como el célebre cambio en un plano cartográfico oficial del Pic dels Tres Hereus, en el Prepirineo del Berguedà, como “Pico de los Muy Felices”, por un censor con un conocimiento macarrónico del francés. O el de aquel otro censor de Girona que suprimió el latinajo “ad moltos annos” de un redactor del diario “El Pirineo” con la indicación en rojo “¡No se puede escribir en catalán!”. Un oficio dirigido por Falange a la Societat l’Oliva, de Badalona, era encabezado por “Sr.Presidente de la Aceituna…”.

Maestros y funcionarios

Uno de los sectores más represaliados fue el de la enseñanza, en especial la escuela pública. Borja de Riquer y Joan B. Culla explican que ya el 28 de febrero de 1939 todos los maestros de la República fueron conminados, en el plazo de quince días, a presentar una declaración donde debían explicar qué habían hecho desde 1931 y cuáles eran sus avales. Más de mil maestros no la presentaron y una tercera parte de los que ejercían la docencia fueron depurados. En el mes de agosto, más de 700 maestros de otras regiones de España tomaron posesión de sus plazas en Cataluña. De los 44 maestros llegados a la ciudad de Lleida, 27 eran de Logroño, 10 de Ávila, 5 de León y 2 de Zaragoza. En la Universidad de Barcelona, casi la mitad de los profesores desapareció por exilio o depuración.

Esas depuraciones también afectaron a los funcionarios de la Generalitat, las diputaciones y los ayuntamientos, personal que fue repuesto con funcionarios venidos de fuera. “De dónde procedía este nuevo personal –escribe Ridruejo– es fácil adivinarlo después de cuanto hemos dicho sobre los criterios de preferencia que privilegiaban a ex combatientes, ex cautivos, militantes del Partido Único y derechistas de toda la vida. Tales funcionarios se sentían así investidos de un plus de autoridad y legitimidad, pues su empleo no sólo era –y a veces no era en absoluto– el resultado de una competencia puesta en concurso, sino algo parecido a un botín de guerra.” En julio de 1940, el gobernador Wenceslao González Oliveros, el que, según José Tarín Iglesias, sembró Barcelona con los pasquines “Habla el idioma nacional”, prohibió a los funcionarios hablar en catalán durante las horas de servicio “o quedarán ipso facto destituidos, sin derecho a reclamación”.

Un vecino de l’Hospitalet, Vicente Ferrer Birosta, denunció en 1940 a un guardia urbano por dirigirse en catalán al chófer del taxi en el que viajaba. La represión, por supuesto, afectó a la cultura catalana. Editoriales, teatros, cine, prensa (el primer diario en catalán no apareció hasta 1976, tras la muerte de Franco) y radio, e incluso la música, vieron prohibida su redacción en catalán. En 1941, la obra de Josep Maria de Sagarra “Les llàgrimes d’Angelina” tuvo que representarse en una casa particular. Meses después era prohibida su traducción catalana de “La divina comèdia” de Dante.

El españolismo lo ocupó todo e intentó borrar aquello que no respondiera a la pauta unitarista y centralista. La Cataluña “felizmente incorporada a España” fue para los vencedores un botín de guerra, como escribía Ridruejo, y estuvo hasta tal punto sujeta a la estrategia de la represión y de la prohibición que, como escribe el historiador Carles Santacana, “resultó incómoda incluso a los falangistas catalanes”. Algunos intelectuales catalanes que llegaron a Barcelona con Ridruejo (Juan Ramon Masoliver, Pere Pruna, Samuel Ros, Josep M. Fontana, Carles Sentís o la gente de “Destino”) se sesencantaron por aquella sañuda persecución del catalán. El propio Ridruejo, como Laín Entralgo, la condenaría después. Otros intelectuales, sin embargo, proclamaron claramente su hostilidad.

Josep Benet recoge un discurso del intelectual fascista Ernesto Giménez Caballero, que había mantenido hasta 1931 un idilio con algunos intelectuales catalanes, y que actuó como un novio repudiado: “Cataluña nos despreció y se marchó con enemigos seculares”. Por los micrófonos de la requisada Ràdio Associació clamó poco después de la entrada de las tropas franquistas: “Cataluña: Te habla un español que te quiere (…) Nosotros, los castellanos, los españoles de tierra adentro –adustos, secos, ardientes, celosos, vehementes, donjuanescos–, siempre te hemos deseado con fiebre en los labios y un delirio en las entrañas. Nosotros, los españoles de tierra adentro, los españoles de verdad, ¡no podíamos jamás venderte ni perderte! (…) Porque tú, Cataluña, nos pertenecías y a nadie más.Y sentíamos el derecho de hacerte llorar. Porque te queríamos. (…) Entrar un día de enero –26– en tu Barcelona con botas de montar. Vestido de soldado, y un ansia incontenible de gritarte: ¡mía!. Sí. Mía. Nuestra. ¡De España otra vez!”


“El catalán no se ha prohibido jamás en la historia, esto es mentira” (Albert Boadella)

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