Una historia inventada

por Administrador

“Yo estoy totalmente de acuerdo con lo que hace y dice el señor Wert, la educación tiene que ser fundamentalmente instrucción, que los niños aprendan a sumar, a leer y a escribir, que aprendan historia, la historia verdadera, no las historias que inventan los nacionalistas. La educación debe servir para instruir, no para manipular a nadie, sino para aprender, a través de la historia y de la literatura, todo lo que es una gran nación como España: 3000 años de historia” (Esperanza Aguirre, ex-ministra de educación)

Que se diga que la España anterior a 1714 tenía poco que ver con la España Una que tanto pregonan algunos, siempre ha levantado ampollas entre los resortes del poder español y sus voceros. Quien afirma que la España de los Austrias se asemejaba más a una Confederación de estados que a un Estado centralista como pueda ser el francés, siempre se expone, como mínimo, a ser acusado de manipulador y revisionista por los más acérrimos defensores de la unidad de la patria. Estos, ofuscados por el temor que les produce que la historia pueda ser utilizada como coartada para la independencia, pasan por alto que es su actitud arrogante y de menosprecio lo que genera desafección y no lo que pudiera haber ocurrido en Catalunya hace 300, 500 o 1000 años.

La monarquía hispánica

“Monarquía Hispánica (…) se refiere al conjunto de territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, y que se hallaban gobernados por igual por el mismo soberano (…) El soberano español actuaba como rey (…), según la constitución política de cada «Reino, Estado y Señorío», y por tanto, su poder variaba de un territorio a otro (…) Su extensión temporal es utilizada de forma diversa según la voluntad del autor que use la expresión: usualmente entre el comienzo del reinado conjunto de los Reyes Católicos en 1479 (…) y el final con los tratados de Utrecht y Baden (1713-1714) y los Decretos de Nueva Planta (1707-1716), que produjeron una ruptura en el sistema implantando una mayor homogeneidad y centralización política” (*)

“La monarquía Española también fue un sistema de diferentes territorios, unidos sólo por la persona del rey. Entre estos territorios es difícil identificar de firme territorios ‘dominantes’ o ‘dependientes’, particularmente en los siglos XIV y XV. España, hasta el comienzo del siglo XVIII, era un conglomerado de diferentes reinos: Castilla y León, Aragón y Navarra, a los que se añadió Portugal desde 1580 a 1640” (Wolfgang Reinhard, Wim Blockmans, The Origins of the Modern State in Europe: 13th to 18th Centuries, página 92)

“Hay también grande distancia de fundar un reino homogéneo dentro de una provincia, al componer un Imperio de diversas provincias y naciones. Allí la uniformidad de leyes, semejanza de costumbres, una lengua y un clima, al paso que lo unen entre sí, lo separan de los extraños. Los mismos mares, los montes y los ríos le son a Francia término natural y muralla para su conservación. Pero en la monarquía hispánica, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir” (Baltasar Gracián 1601-1648) (*)

La relación entre la Corona de Aragón y el Reino de Castilla antes de 1714

Para conocer la relación que había entre la Corona de Aragón y el Reino de Castilla, no es necesario consultar la obra de historiadores catalanes.

“Aunque su hijo, Felipe II (1556-98), se le designa a menudo como rey de España, y él pensaba de sí mismo como tal, no era un estado unificado, ni tampoco él fue un monarca absoluto. Los distintos reinos en la Península Ibérica tenían sus propios reglamentos financieros, monedas y barreras aduaneras. Como John Lynch advirtió, Fernando e Isabel dieron a España un gobierno común pero no una administración común. La autoridad del rey variaba en estructura y poder de reino a reino, de ciudad a ciudad […] El poder de Felipe sobre Aragón fue mucho más atenuado del que tenía en Castilla. Los distintos estados estaban unidos sólo en la persona del rey”. (Frederick Allen, Stafford Poole, Juan de Ovando: governing the Spanish Empire in the reign of Phillip II, página 5)

“Las Alteraciones de Aragón ponen de relieve los límites del poder real fuera del territorio castellano, así como los sentimientos de los aragoneses, que consideraban a los castellanos como extranjeros. El poderío de Carlos V y, mucho más, el de Felipe II es impresionante y, sin embargo, llama la atención la falta de coherencia de aquel cuerpo inmenso, formado por varias naciones que no tienen la impresión de pertenecer a una misma comunidad. El lazo lo constituye el monarca, asesorado por los Consejos territoriales: Consejo Real o Consejo de Castilla, Consejo de Indias, Consejo de Aragón, Consejo de Italia (separado del anterior en 1555), Consejo de Flandes, Consejo de Portugal… Existen organismos comunes: el Consejo de Guerra, el Consejo de Estado, pero que están vueltos más bien hacia los asuntos diplomáticos y militares. La gran política, la política exterior, es cosa exclusiva del soberano; a los pueblos solo se les exige que contribuyan con los impuestos”. (Historia de España, Manuel Tuñón de Lara, 1984.)

Esta relación también puede verse en la obra La revuelta catalana, 1598-1640 de John Elliott, uno de los hispanistas más reconocidos:

“La unión de las dos coronas fue, pues, la unión de unos socios muy desiguales. La federación catalano-aragonesa, orientada hacia el mediterráneo, de espíritu comercial, cosmopolita en visión, tenía poco en común con una Castilla la organización social de la cual estaba encarrilada a las necesidades de la guerra de cruzada y los horizontes mentales de la cual se habían visto limitados por siglos de aislamiento político y cultural”.

“El abismo entre los dos se abrió aún más a causa de las tradiciones políticas y las instituciones tan distintas en cada caso. Cada una poseía ciertamente instituciones parlamentarias, o Cortes, pero las de Castilla, que nunca habían alcanzado poder legislativo, saldrían de la Edad Media aisladas y débiles, y con pocas perspectivas de poder ablandar a un monarca enérgico. Las de Valencia, Catalunya y Aragón, en cambio, compartían con la Corona el poder legislativo y estaban bien acorazadas con leyes e instituciones que derivaban de una larga tradición de libertad política. Los poderes del rey en los estados de la Corona de Aragón en cuanto a la administración de justicia, la exacción de tributos o la leva de ejércitos se refiere estaban rodeados de restricciones legales”

“En cada momento, un gobernante se encontraba limitado por los fueros, las leyes y las libertades que había jurado observar, y cada uno de los territorios poseía un organismo activo, como la Diputación catalana, la función específica de la cual era defender las libertades nacionales contra el poder arbitrario de la Corona. Esta preocupación tradicional por la libertad política diferenciaba a los catalanes y los aragoneses, al menos desde su punto de vista, de los habitantes de Castilla. “Reina, reina, nuestro pueblo es libre, y no es así subyugado como es el pueblo de Castilla; porque ellos nos tienen a nosotros como Señor, y nosotros a ellos como buenos vasallos y compañeros”, había dicho el rey aragonés Alfonso IV a su mujer castellana”

“A parte de compartir soberanos comunes, ni Castilla ni Aragón no sufrieron ninguna alteración institucional radical que pudiera iniciar el lento proceso de mezclarlos en un Estado único. Cada uno retuvo inalterables sus leyes e instituciones propias; cada uno la moneda propia; y las barreras de aduanas se continuaron levantando entre ellos dos como un recordatorio perpetuo de que la unión de las dos casas reales estaba lejos de ser una unión de los pueblos que ellas regían”

“Fue esa naturaleza la que marcó la pauta para la adquisición de nuevos territorios por los reyes de España. Cada nuevo territorio adquirido por matrimonio o herencia, como la gran herencia de los Habsburgo de 1504, se añadía como se añadió la Corona de Aragón, con la conservación de las propias leyes y privilegios; y las nuevas conquistas quedaban en poder del conquistador y no se convertían en propiedad común de todos. América no fue a recaer en España, sino solo a Castilla. (…) La cabeza del Imperio Español, el monarca más poderoso del mundo, era en primerísimo término y por encima de todo rey de Castilla y rey de Aragón, conde de Flandes, señor de Bizcaya y duque de Milán. (…) Su imperio era y fue, a lo largo del siglo XVI, una aglomeración de Estados sueltos, con a penas un rastro de unidad imperial o de mística imperial común a todos”

Catalunya dentro de la Corona de Aragón

La posición que ocupaba Catalunya dentro de la Corona de Aragón también la aclara Elliott en la obra antes citada:

“La porción ibérica que habían creado, la Corona de Aragón, consistía en tres territorios, cada uno con instituciones propias, pero gobernado por una única dinastía; los reinos de Aragón y Valencia y el Principado de Catalunya”

“Los siglos XIII y XIV fueron la edad de oro del imperio catalano-aragonés. El siglo XV fue, para Catalunya, el socio predominante de la federación, un siglo de crisis comercial, social y política”

“Para evitar confusiones, “Aragón” es utilizado en este libro solo para referirse al reino de Aragón; y “La Corona de Aragón” o “Los estados de la Corona de Aragón” es utilizado para referirse a los territorios levantinos como unidad”

Lo que más se oye decir a quienes tanto se afanan en ningunear la historia de Catalunya -por ignorancia o por desprecio- es que Catalunya no fue un reino soberano independiente; que en el pasado no existió porque era Aragón; que era menos que Aragón o Valencia porque estos eran reinos y Catalunya solo Principado; que lejos de ser un Principado en Catalunya sólo había una serie de condados bajo dominio del Imperio Carolingio o que no era Corona catalano-aragonesa sino de Aragón. Al hacerlo parece que solo buscan dejar a un lado lo que de verdad les molesta, que es el hecho de que Catalunya no fue Castilla. Vendría a ser lo mismo que decirle a un bávaro después de conquistar Alemania e integrarla en otro país, que Baviera nunca fue independiente y que solo puede ser reconocida como parte integrante del nuevo Estado del que forma parte, por mucho que sus habitantes no se hayan integrado en él o lo hayan hecho con reservas.

Olivares, precursor de la unión.

Para entender la comparación anterior hay que entender el papel jugado por Castilla en la formación de la España que conocemos hoy en día y que Ortega y Gasset resumía con la frase “Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho”.

El primer intento de unir políticamente a todos los territorios que formaban parte de la Monarquía, vino de la mano del conde duque de Olivares, válido del rey Felipe IV, y terminó con la pérdida de Portugal y la Guerra del Segadors en 1640, que apunto estuvo de suponer la independencia de Catalunya y supuso la pérdida de una quinta parte del territorio catalán, que quedó en manos de los franceses después de la firma del Tratado de los Pirineos.

“Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España: quiero decir, Señor, que no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo (…) El tercer camino, aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería hallándose VM con esta fuerza que dije, ir en persona como a visitar aquel reino donde se hubiere de hacer el efecto, y hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y con este pretexto meter la gente, y en ocasión de sosiego general y prevención de adelante, como por nueva conquista asentar y disponer las leyes en la conformidad de las de Castilla y de esta misma manera irlo ejecutando con los otros reinos”. (Memorial secreto preparado por Olivares para Felipe IV, fechado el 25 de diciembre de 1624)

Felipe V y el justo derecho de Conquista

Los esfuerzos del conde duque de Olivares se vieron frustrados después de la Guerra dels Segadors de 1640 y la unión que pretendía no se logró hasta la llegada de Felipe V y la implantación de los Decretos de Nueva Planta.

“Considerando haber perdido los Reinos de Aragón y de Valencia (…) todos sus fueros, privilegios, exenciones y libertades que gozaban (…) y tocándome el dominio absoluto de los referidos reinos (…), pues a la circunstancia de ser comprendidos en los demás que tan legítimamente poseo (…), se añade ahora la del justo derecho de la conquista (…) y considerando también, que uno de los principales atributos de la Soberanía es la imposición y derogación de leyes (…) He juzgado conveniente (…) abolir y derogar enteramente (…) todos los referidos fueros, privilegios, práctica y costumbre (…) siendo mi voluntad, que éstos se reduzcan a las leyes de Castilla, y al uso, práctica y forma de gobierno que se tiene y ha tenido en ella y en sus Tribunales sin diferencia alguna en nada” (Felipe V, 1707 Decretos de Nueva Planta

Lo que supusieron las medidas tomadas por Felipe V al finalizar la guerra, lo recoge en parte García de Cortázar en su obra Breve Historia de España.

“La guerra de Sucesión agilizó el proceso de centralización estatal y contribuyó al reforzamiento  de la corona. Así, tras la reconquista de Valencia, Felipe V publica los Decretos de Nueva Planta (1707) eliminando los fueros valencianos (…) Se crea entonces la Audiencia destinada a aplicar el derecho público y civil castellano, a la vez que los impuestos de Castilla desplazan a los tradicionales con las protestas del Consejo de Aragón, disuelto ese mismo año. El modelo se expande. En 1711 Aragón pierde el derecho público y queda dividido en distritos con un gobierno militar y municipal de estilo castellano; además la corona se arroga el privilegio de nombrar regidores para las ciudades. En 1716 le llega el turno a Catalunya; más moderados, los decretos catalanes conservaran el derecho civil y las costumbres locales, aunque el gobierno recaía ahora en un capitán general, se confiaba la justicia a la Audiencia y las finanzas a un intendente. Con ello la legislación castellana desplazaba a la autóctona y el idioma catalán desaparecía de la burocracia”

Para terminar, cabe decir que los impuestos castellanos no “desplazan a los tradicionales” de la Corona de Aragón sino que se añaden a ellos y que eran castellanos por su procedencia, no porque estuvieran implantados en Castilla, algo que puede verse más adelante en la misma obra de Cortázar.

“La paz libera de dispendios militares en los Paises Bajos e Italia y los catastros aragoneses amplían los ingresos del erario. Flor de un día, la hacienda se desmorona de nuevo debido a las guerras de la Farnesio, la ruinosa gestión de Patiño y los derroches de una corte ridículamente versallesca. (…) La reforma de Iturralde fracasa y en 1739 ocurre lo inevitable, la primera suspensión de pagos de la monarquía bobonica, un duro revés para su crédito internacional. Apurada por las deudas y los gastos, la secretaria de Hacienda piensa en la conveniencia de un impuesto extraordinario del 10% sobre las rentas, a prorratear entre las ciudades del reino, como ya pagaban los aragoneses.” 

 

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